La santiagueña Miri Fioramonti da un bello ejemplo de cruce entre diseño y artesanía.
Por Luján Cambariere

Siguiendo el consejo de la chacarera que dice “estaba donde nací, lo que buscaba por ahí”, Miri Fioramonti es Chari. Hay una urdimbre de hilos firmes, de abuelo y papá ebanistas, mamá modista, vecinas teleras, que fueron creando su trama hasta formar el tejido que ella fue construyendo con el tiempo y que hoy dio vida a su joven emprendimiento. Un modo de crear piezas contemporáneas que dan cuenta de los acervos materiales e inmateriales de su ciudad natal. El monte, los colores de las mantas, las sillas de madera del camino, con los que da vida a estampas, tejidos y objetos con su mirada personal sobre la belleza ancestral de Santiago del Estero. “El sabor de los tamales de mi abuela, el conocimiento de mi papá acerca de las maderas, el ruido suave de las mostacillas que bordaba mi mamá… todo se mezcla, como en un collage, con las cerámicas tradicionales del Noroeste, los ritmos contagiosos del bombo y el violín del pago. Yo soy un producto regional, nacida y educada en Santiago con los brebajes y el arrope de tuna de mi abuela”, adelanta.

¿Cómo fueron tus orígenes?

–La historia del lugar en donde nací y los oficios de mi familia artesana son la fuente de inspiración de mi hacer. El nono Mario que vino de Italia durante la guerra había estudiado dibujo en Milán y era ebanista. Para sostenerse tocaba el violín durante las funciones de cine mudo. En Santiago del Estero conoció a mi abuela, la Nélida, una criolla, cuyo padre, cuando había un baile, les compraba para ella y sus siete hermanas un rollo de tela. Las “chinitas” se devanaban la cabeza para ver como se hacían siete modelos diferentes con la misma estampa. Mi papá continuó con el oficio de la madera y el amor por la música. Durante 60 años llevaron adelante una fábrica de muebles que formó a muchos artesanos y produjo muebles de estilo. Su desafío fue utilizar la madera del algarrobo con la técnica del ahombrado y de ese modo con una estética diferente poder utilizar una madera autóctona. Esto les permitía seleccionar las partes más sanas y lograr superficies resistentes, con una gran calidad en la textura. Yo crecí con el olor a madera de la carpintería. Mi mama, la Yuli, todavía tiene su negocio y se dedicó a hacer ropa de alta costura y a bordar desde siempre. Las siestas las pasaba en su taller, entre el sonido de mostacillas y la lluvia de retazos de telas debajo de la mesa de corte.

Así crecí, junto a discusiones sobre arte y cuentos de los pueblos originarios que nos contaba mi tía y con los que nos íbamos a dormir bajo las mantas tejidas por las teleras, tan pesadas que hoy me parece comprensible que se las use como alfombras.

¿Cómo fue tu formación?

–Estudié Historia del Arte en la UBA. Tuve profesores increíbles como Emilio Burrucúa, Graciela Dragoski, Elsa Flores Ballesteros. Siempre fui curiosa, tejí, bordé y dibujé. El diseño textil como el de objetos tiene la capacidad de comunicar sin usar palabras. Es también un lenguaje que transmite valores y vivencias.

¿Cómo es tu modo de hibridar pasado y presente?

–Yo reutilizo parte del lenguaje formal de las culturas originarias para hacer prendas para la vida cotidiana y ser usadas en el trabajo. La cultura Sunchituyoj entre el 1.000 al 1200 me atrae poderosamente y Averías, que es posterior, los motivos de sus torteros o muyunas, palabra que en quechua significa “girar”, y se utilizaban como contrapeso para que la varilla en donde se ovillaba la lana girara con facilidad, son de una belleza y síntesis, un tesoro. Yo no hago reconstrucción arqueológica. Sino que esos diseños me dan pie para jugar, ubicándolos en otros contextos, con otros colores y creo un universo personal. En el futuro próximo, mi objetivo es trabajar para generar puentes entre el imaginario de artesanos y el mío y pensar juntos prendas y objetos que posean las variables necesarias del mercado. Algunas teleras sueñan con tejer con materiales diferentes. Pienso que conservar el acervo de la cultura, la artesanía de repetición de motivos, es un aspecto importante de un artesano pero que también es enriquecedor habilitar los recursos para empoderarlos como verdaderos artistas en un mundo globalizado. Hace tiempo que distintas fundaciones e iniciativas particulares trabajan en esto. Hay que sumar más, para que lo originario sea también expresión no del aislamiento y la visión romántica del acervo cultural, sino también de lo “único” que cualquier persona puede dar de sí, no importa donde viva.

¿Cómo es tu mecánica?

–Trabajo con telas de algodón y las estampas se realizan de forma artesanal. Con mi primera colección quise expresar la alegría de mi pueblo, el colorido desgastado por el sol de las mantas que cuelgan todavía en los alambrados, la alegría de las chacareras que papá tocó en la guitarra. El monte espinoso es mi lugar en el mundo. Hice una estampa homenajeando a esa geografía. Para mi segunda colección, estoy trabajando con un recuerdo de la infancia: mi familia de entre casa, la idea de la prenda, vestido batón o la bermuda de hombre, realizado en telas frescas con la que siempre te sentís bien vestido y podes salir a comprar algo. El término medio entre pijama y ropa de calle. Y las culturas que nombré siguen presentes en las estampas. Mi empresa es una empresa familiar, me ayuda mi hija, cuyo sobrenombre “Chari” es el de la marca y mis sobrinas. Chari no es solo una marca comercial, es mi huella en el mundo.

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