Futuro del empleo.
La multinacional de oficinas We Work adaptó su diseño a la forma de trabajo del mundo digital: notebooks, auriculares y videoconferencias por todos lados. Un cronista y un arquitecto fueron a alquilar un espacio para su negocio. ¿Arquitectura innovadora? ¿Cuándo es trabajo y cuándo es ocio? Crónica de una red social física pet-friendly y con birra libre que se expande por el mundo a la velocidad de Amazon.
Por Julián Varsavsky / Ilustración Kelvin Osorio

Si uno pasa distraído frente a la fachada vidriada de un edificio We Work, ve la recepción de un lujoso hotel boutique: dan ganas de entrar a descansar. Al avanzar dentro de la sede de esta multinacional de alquiler de oficinas en el microcentro porteño, la primera imagen es una pared de escalada hasta el techo: pronto la habilitarán. Una recepcionista nos recibe acariciando a su perro Santos -un cachorro de salchicha-, teclea mi nombre y ubica la cita. Y me da una tarjeta de entrada con una frase que vería repetirse en paredes, ventanas, tazas de café y sobres de azúcar: Do what you love!

Un empleado onda millennial, jean y remera con la palabra Creator nos espera. Junto con el arquitecto y semiólogo Eduardo Masllorens estamos buscando alquilar una oficina para cinco. Entramos al ascensor con nuestro anfitrión y en la pared veo la foto del staff We Work incluyendo a Santos: el Pet Manager.

La puerta se abre en el piso 23 y veo un francés con su Mac sentado en un banco, hablando muy alegre por Skype. El piso entero es una serie de oficinas compartimentadas por paredes de vidrio, cada cual con una empresa de las llamadas start-up, liderada por ese nuevo tipo de empresario aguerrido: el emprendedor. En un cubículo unipersonal de 2×2 un joven empleado de sí mismo mira su pantalla en un ámbito donde no podría abrir los brazos sin chocar las paredes.

El piso entero está bordeado por un gran ventanal al Río de la Plata: las aguas se ven entrecortadas por rascacielos de Puerto Madero como los espectadores de un teatro donde la primera fila se ha puesto de pie. Avanzamos por el pasillo circular entre una transparencia total. Es una estructura panóptica pero sin torre de vigilancia: todos ven a todos y el espacio parece extenderse hacia afuera, generando sensación de libertad. En cada pasillo hay cámaras que nadie controla: se las revisa ante una anormalidad. Aquí impera la lógica del autocontrol por alcance de objetivos medidos digitalmente.

—Este lugar no ofrece privacidad— me susurra el arquitecto—. Están bastante hacinados y separados de la empresa vecina por un cristal. No hay protección acústica: las palabras rebotan en el hormigón y viajan en redondo por el pasillo. Se escucha todo.

El guía nos señala una mesa grande con agua de pomelo, café y cerveza tirada: un servicio canilla libre para todos. Nos cuenta que We Work fue creada en Nueva York hacia 2010 por Miguel McKelvey y Adam Neumann, un norteamericano y un israelí. Vale 44.000 millones de dólares y posee 300 edificios en 88 ciudades. Y siguen inaugurando sedes construidas desde cero: en Argentina pronto serán cuatro. Es un concepto de arquitectura cuyo éxito da la pauta de que el servicio -algo ligado a la hotelería- se adaptó a una necesidad de las formas laborales.

Carlos Gareis -director para Latinoamérica- lo dijo muy claro: “Somos una plataforma para creadores que quieren cambiar su manera de trabajar y dejar de separar el trabajar del vivir. El trabajo es parte de la vida, buscamos que la gente disfrute de lo que hace todos los días, borrar esa línea entre la vida personal y laboral”

Nuestro anfitrión cuenta que en We Work conviven una red social física y otra virtual -We Connect- de la que participan 254.000 miembros. Vemos una sala de reuniones vidriada: hay una por piso y se la reserva con una moneda virtual cuyos créditos recibe cada empresa por mes. Para hablar a distancia con privacidad hay dos cabinas por piso.

Mientras escuchamos la explicación, una mujer en una oficina se pone de pie y nos encara con severidad: “por favor hablen más bajo; no puedo trabajar”. El arquitecto no me lo dice pero su mirada habla: “¿Viste?”.
Bajamos al Piso 12 que repite la hermosa vista urbana pero sin compartimentos. Es un espacio libre y despojado con metegol, pingpong, bar, algunas mesas, tentadores puf, dos sillas colgantes como de jardín y una sala de Play Station con una gigantografía: “I do not stop when I´m tired; I stop when I´m done”. Da gusto trabajar aquí. Uno parece estar como de vacaciones en un hotel 4 estrellas. Reina también cierto ambiente de hostel con gente de aspecto descontracturado, aunque laboriosa. Se ven rastas enroscadas como turbante, una chica con chador, un joven con kipá, shorts, gorras de béisbol y ningún traje.

La membrecía simple -sin oficina- permite trabajar en los pisos comunales 12 y 24 frente a ventanales: cuesta US$ 332 por mes incluyendo el uso de cualquier We Work del mundo dos días al mes. Y se accede a terrazas con reposeras, hamacas de plaza y un sube y baja de alto diseño. Allí se suele almorzar o tomar cerveza cuando cae el sol: We Work abre 24 horas todos los días (hay quien trabaja toda la noche o fin de semana). La mayoría no sale en toda la jornada.

El alquiler del espacio cuenta con servicio de empleados, agua, luz, internet, impresora, expensas, bebidas y limpieza (no hay teléfono fijo). No exigen garantía y se puede arrancar con una oficina para uno, pasarse a otra de cinco o alquilar pisos completos como las empresas Al Mundo y Manpower. El otro valor agregado es la idea de coworking y la creación de comunidades: así los emprendedores We Work globales se conocerán y surgirán negocios.

El comunity manager del edificio organiza actividades tres veces por semana para estimular el intercambio: ayer estuvo un gurú norteamericano de bitcoin. Y hay un evento fijo denominado en inglés “Gracias a dios hoy es lunes” en que le regalan a los miembros algún muffin, un chipá o un helado. Asisto en el piso 24 a una masiva clase de cocina por Juliana López May: me convidan bolitas dulces de receta hindú. Durante el wellness wednesday suele haber clase de kick boxing, degustación de vino o “yoga con birra”: un grupo de personas paradas en un pie hace la paloma empinando un chop en cámara lenta. Y cada tres meses el edificio se convierte en una gran discoteca: en varios pisos hay promotoras de marcas de bebidas donde se puede ver a la comunity manager perreando reggaeton con todos.


Bajo por el ascensor y le pregunto a un veinteañero cómo es trabajar aquí: “estamos medio apretados; pero está bueno. Los juegos casi no lo usás, ni estás todos los días tomando birra; yo prefiero ir afuera y tomar artesanal”. Nos despedimos del guía en la planta baja para sentarnos en un sofá con el arquitecto a tratar de pensar lo que expresan estas paredes a partir del lenguaje abstracto de la forma:
—Este lugar dice “estás en tu casa”. Ese concepto de cierta hotelería se traslada al ámbito laboral. Por eso la política pet-friendly, eco-friendly y veggie: en eventos y bares de We Work no está permitida la carne para reducir el efecto invernadero. Ayer fui al edificio nuevo de Accenture y es otra cosa. Son pisos de una cuadra completa con tres bares. No hay compartimentación: la oficina desapareció y nadie tiene un puesto fijo. No hay cajoneras -los archivos están en la nube- y ves gente trabajar en sillones, escritorios y sentada en un colchón de yoga con su laptop, o en la terraza donde cocinan un Paty a la parrilla. La recepción está robotizada: hablás con un monitor amable que te tutea preguntándote el nombre y avisa a quien te espera para autorizar el paso. Dos veces por semana se trabaja desde la casa, algo que irá en aumento.
La recepcionista de We Work sale a la calle con su obediente pet manager, le arroja un hueso para que lo recoja y vuelven a instalarse detrás del mostrador.
—La impresión que me dio es que los empleados están enjaulados en vidrio, salvo en la oficina de la punta triangular con vista panorámica— insiste el arquitecto.
—Peor sería que estuviesen entre ladrillos—lo contradigo— y tienen una sala de reunión, dos pisos comunitarios y terraza
—Sí, claro: el objetivo es humanizar la arquitectura con madera y plantas, lo cual es valioso. Pero el piso y las plantas son de plástico. Y hay que considerar el precio. A muchos les conviene -We Work da prestigio y atrae clientes- pero si pago 2000 dólares por mes una oficina para cinco, quisiera más espacio. A los más jóvenes los seduce este concepto con algo de crucero -o de hotel all inclusive- pero no deja de ser un encierro largo en lugares pequeños, atenuado por espacios comunes y el horizonte visual. Al mediodía a mí me gustaría salir. Esto surgió en los ´90 y We Work lo perfeccionó aprovechando nuevas tecnologías para masificarlo con un modelo de negocio original
El edificio se adapta al management high-tech. Las estrategias para mantener al empleado produciendo se sofisticaron. Apelan a la seducción antes que a la obligación: es un privilegio trabajar aquí y tiene toda la “onda”. Parece ser la arquitectura de la sociedad digital para una generación exhibicionista, hiperactiva e inestable, tanto en sus relaciones laborales como amorosas, marcadas por una rotación permanente (de trabajos y parejas). El promedio de edad de los que vemos pasar es 30 años.
Let´s work
En su libro La sociedad del cansancio el filósofo surcoreano Byung Chul Han analiza el mundo digital dejando atrás la idea de la sociedad disciplinaria, cuyo nacimiento Foucault ubicó en el siglo XVIII a partir del modelo de cárcel panóptica: una estructura circular de visión total que permitía a un hombre controlar todas las celdas desde la torre central. Esto se reprodujo como tecnología de control en manicomios, hospitales, escuelas y fábricas. A partir de la Revolución Industrial los capitalistas comenzaron a explotar a obreros y niños, generándose rebeliones que delinearon bandos de oprimido y opresor. Para Han esa sociedad disciplinaria mutó ahora a sociedad de rendimiento, donde para muchos ya no es tan evidente un poder opresor. El neoliberalismo post Guerra Fría instaló una psicopolítica individualista basada no en la sujeción del cuerpo a la máquina fija, sino en un dominio por convencimiento: es la idea de la autosuperación para maximizar productividad y consumo a la vez, haciéndonos correr en una rueda de hámster en competencia con nosotros mismos.

Donde antes estaban las prohibiciones del “deber”, reinan las libertades seductoras del “poder hacer”. Esto resulta más productivo por su carácter motivacional. Pero el sujeto de rendimiento sigue disciplinado: el llamado a la iniciativa propia genera una explotación más eficiente que la del viejo control panóptico. El trabajador se erige en amo y esclavo. Este sería el cambio de paradigma hacia una autoexplotación que limita la posibilidad de rebelarse contra un otro. Uno produce hasta el desmayo generándose un cansancio infinito: el límite de la jornada laboral es la resistencia del cuerpo. Y las tecnologías digitales permiten continuar trabajando en casa. Por eso las enfermedades paradigmáticas del siglo XXI surgen de la sobreexplotación del sistema nervioso: el síndrome de Burnout, el agotamiento por stress y la depresión. Un país que lleva el modelo al extremo como Corea del Sur, alcanza la tasa de suicidios más alta del mundo desarrollado.

En la sociedad disciplinaria las patologías eran de tipo viral: las enfermedades surgían por el ingreso de un cuerpo extraño, atacado con anticuerpos y antibióticos. La metáfora de Han para aquel tiempo es la era inmunológica, extendida a lo político en el esquema de Guerra Fría. De un lado y otro del Muro de Berlín se atacaba la otredad con una reacción “antiviral”. El final de esa guerra abrió paso hacia la sociedad del cansancio. El paradigma viral se sustituye por violencia neuronal que el sujeto dirige hacia adentro: ya no hay una reacción del cuerpo contra lo otro, sino un “infarto psíquico”. El enemigo es el propio Yo que se flagela y colapsa por recalentamiento. Como esto va acompañado de un sentimiento de libertad, el sujeto se explota en busca del éxito. Ante el fracaso no vislumbra un opresor y en lugar de rebelarse, languidece como depresivo. Así lo expresa Han en su ensayo La Agonía del Eros:
La arquitectura de la sociedad del rendimiento ya no sería para Han aquellos diseños panópticos, sino laboratorios genéticos, gimnasios, bancos, centros comerciales y torres de oficina. Y es esto lo que visionaron en We Work: el ámbito físico que requería la sociedad del cansancio para positivar el trabajo.
Contacto a Claudia, quien trabajó en una corporación instalada en el We Work de Vicente López y tiene una mirada medular de esto:
—En el mundo corporativo vivís en estado permanente de urgencia con 800 cosas por hacer. Las métricas son palabra santa: tu trabajo se cuantifica y tenés que exponerlo en redes sociales internas como Workplace. Todos deben ver tus logros y vos los de ellos. Sino, es como si no trabajaras. Esto genera el stress de medirte y mostrarte. Por eso es posible trabajar en casa sin un vigía. Reina una falsa horizontalidad.

¿Hay cinismo en esas relaciones laborales?
—No. Ellos creen en esa horizontalidad y entronizan la idea de que somos una comunidad. Pero hay un imperativo de simulación de amistad y pasión que tenés que exteriorizar todo el tiempo y terminás naturalizando. Te ponen la Play para que juegues pero el objetivo es que trabajes más, sabiendo que tenés la libertad de poder jugar.
Byung Chul Han plantea que la vertiginosa sociedad de la transparencia adolece un exceso de luminosidad y un ruido infernal: se ve todo y nada a la vez. Es un nuevo panóptico digital sin torre central que funciona con otra lógica: nos sentimos libres, queremos que nos vean y exhibimos nuestra intimidad. Ha desaparecido la sala de tortura de la novela 1984 de Orwell: confesamos voluntariamente y el Big Brother muta en Big Data. Todos controlamos a todos.

Esto avanza sobre las relaciones humanas. Así como hay una positivación del amor, algo parecido sucede a nivel laboral: esa idea del enterpreneur no explotado y libre, le borra al trabajo toda negatividad. Uno simplemente hace lo que quiere y ama. Ese mensaje se potencia semiológicamente desde el diseño en ámbitos como We Work. Por eso surgió un singular tipo de oficina en los albores del siglo XXI.


We generation
Marissa Mayer -CEO de Yahoo- dijo en una entrevista que era posible trabajar 18 horas diarias siete días a la semana, durmiendo a veces en la oficina: cuando ella tuvo a sus mellizos, retomó el trabajo desde la clínica. Su caso puede ser extremo pero refleja ese culto moderno a la productividad, a la cual se asigna una dimensión espiritual repitiendo frases como un mantra, que enmascaran la relación trabajo-capital bajo una cosmovisión con pretensiones de gran familia.
El trabajo se convierte en un valor en sí mismo y genera culpa toda actividad improductiva: si socializo, será para hacer contactos. Ir al gimnasio debe alimentar nuestras energías y no lo contrario (la moda del running y sus ejércitos de maratonistas refleja eso). Si leo, será sobre negocios. El emprendedorismo es una invitación épica a la aventura grupal: libera nuestro potencial y los edificios de oficina se vuelven campos de trabajo amables de puertas abiertas y sin horario.


We Work está mutando su marca hacia The We Company para extender el modelo. La rama We Grow comprende escuelas primarias para niños desde 3 años, definidas como “la aproximación a una educación conscientemente emprendedora”. Les brindan clases de negocios y los contactan con miembros de We Work para que se vayan ambientando y planeen ideas creativas.

La idea de colonizar cada espacio social llevó a la empresa a invertir en los ámbitos hogareños We Live: edificios de coliving con departamentos de alquiler algo pequeños orientados a la We Generation con servicio de limpieza, sala comunal con home-theatre, terraza con parrilla y un comunity manager por edificio que organiza cenas dominicales y sesiones de yoga y karaoke. Cada tres pisos un “barrio” comparte lavadero.

La empresa está invirtiendo en una cadena de lujosos gimnasios equipados con equipo cardiológico, ofreciendo más yoga y personal trainers: algunos están dentro de edificios We Work. El proyecto más ambicioso son miniciudades laborales para 10.000 empleados de compañías high-tech. El primer paso fue la compra de una empresa fabricante de piscinas generadoras de olas para que los trabajadores sumergidos en el mundo virtual salgan a la realidad -solo por un rato- a desestresarse surfeando.
Samsung -por su cuenta- creó ya su Digital City para 35.000 empleados de cuello blanco en las afueras de Seúl. Y Foxconn en China tiene megaplantas industriales donde los obreros viven en habitaciones de ocho camas cucheta en edificios rodeados por redes.


Todo esto es el comienzo de lo que podría ser un nuevo paradigma arquitectónico en un mundo cada vez más desigual, donde la mano de obra calificada estará a salvo de la destrucción de puestos de trabajo por la revolución robótica, pero condenada a vivir para trabajar en ambientes cada vez más cool: serán privilegiados frente a una posible masa mundial de desempleados cuyo sueño máximo será poder entrar -algún día- al mundo We Work.


AUTORES

CRONISTA Julián Varsavsky
Licenciado en Ciencias de la Comunicación (UBA). Ha publicado medio millar de crónicas en Página 12, National Geographic, Anfibia, Altair, Brando, Reforma, Soho y Lonely Planet. Ver más

Kelvin Osorio
ILUSTRADOR
Kelvin Osorio (Caracas,1975) es Artista visual. Estudió Ilustración y Filosofía, además de Animación y diversas técnicas plásticas.

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