Economía colaborativa

La ilusión de un mundo sin trabajadores es la salida por arriba a más de un siglo de regulaciones laborales en esta nueva fase del capitalismo, dicen los especialistas Martín Unzué y Eduardo Chávez Molina. Un ensayo sobre la famosa y mal llamada “economía colaborativa”. Ilustración Sebastián Angresano

“Llegó el momento de la economía colaborativa”, “sé tu propio jefe”, “las ganancias directamente ligadas a tu actividad”, “un gran sentido de responsabilidad por brindar felicidad ayudando a cada usuario con su necesidad” son algunos de los eslóganes que conducen a los nuevos contingentes laborales empujados a asumir sus propios caminos y riesgos, con finales inciertos, sin “ataduras” a la disciplina del trabajo formal, y con la posibilidad de entrar y salir en forma indefinida e intermitente del mundo asalariado.

Esas características que va asumiendo el mercado laboral aparecen como un fenómeno de alcance mundial también en expansión en Argentina, y con epicentro en el más nuevo de los segmentos de dicho mercado, el que se gestiona a través de las economías de las plataformas. Allí la precarización y la pauperización de trabajadorxs, se presenta en forma desnuda, como la amenaza que se cierne sobre el mundo del trabajo en el siglo XXI.

SI TE INTERESA EL TEMA, MIRÁ “UN CLICK Y NO TRABAJÁS MÁS”, EL PRIMER EPISODIO DE PLATAFORMAS: UNA SERIE DOCUMENTAL DE ANFIBIA:

https://youtu.be/EmB5_6ien0w

Este modelo de economía no es una novedad, son innumerables las empresas que operan a nivel mundial. En nuestro país el despliegue es incipiente pero se hizo muy notorio con la enorme cantidad de ciclistas que, con cajas multicolores en las espaldas, toman riesgos en el tránsito desbordado para llevar y traer pedidos en las grandes ciudades.

Se trata de la punta visible de un fenómeno que va ocupando un lugar cada vez más considerable en la economía mundial, y que surge de la combinación de una serie de factores globalizados, la llamada “estructura invisible”: disponibilidad de redes y teléfonos inteligentes relativamente accesibles, apps que intermedian, big data, algoritmos y tercerización (externalización y subcontratos) de tareas.

La economía de plataformas, también llamada “economía colaborativa”, “peer market place”, “Gig economy”, “economía de la changa”, “crowd economy”, se presenta como la panacea del mercado libre (se puede escribir todo junto): un espacio donde la tecnología sirve para que la oferta y la demanda se encuentren en una confesa y contradictoria ausencia de mediación (la app ya dijimos que parece invisible) y de Estado.

En este modelo de economía no suele haber impuestos, ni legislación laboral (reemplazan leyes por “términos y condiciones” definidos unilateralmente pero de aceptación obligatoria para descargar las app), hay libre circulación de capitales, no hay regulaciones financieras, como se aprecia en la red paypal y mercado pago, ni normas de algún Banco Central entrometido. Todo parece quedar en manos de la voluntad de dos partes que convienen gustosas esos “términos de adhesión” a la app, para “colaborar” en una relación que hace grandes esfuerzos para presentarse como simétrica, entre iguales, que adhieren voluntariamente, y por ello, de modo beneficioso para ambas partes, aunque el trabajador debe renunciar a todo derecho laboral posible.

No se habla nunca de empleos ni de empleados, sino de emprendedores, colaboradores, cuentapropistas, socios, franquiciados, de redes y comunidades o incluso se crean nuevos nombres para definir eso que no se quiere presentar como una relación laboral: un “rappitendero” o un “glovero” es un repartidor, un “uber” es un “vehículo de transporte con conductor”, y así podemos continuar.

La ilusión de un mundo sin trabajadores es la salida por arriba a más de un siglo de regulaciones laborales en la nueva forma del capitalismo. Cuando Adelina D´Alessio de Viola pregonaba “un capitalismo de propietarios no de proletarios”, al fulgor del menemismo privatizador, ya estaba vislumbrando esa salida que se reactualiza en nuestros días cuando Andrés Freire, primero ministro de modernización del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, autodeclarado “emprendedor” y luego legislador de la ciudad de Buenos Aires, sorprendió a comienzos del año pasado con un disparatado video que bajo el título de “emprendete” recomendaba estrategias para ganar dinero alquilando el jardín de la casa como camping, la parrilla, el sillón, la bicicleta, el auto o casi cualquier cosa “para hacerlo plata”. El mensaje era: todos podemos ganar plata si tenemos voluntad, creatividad y estamos dispuestos a esforzarnos; no hace falta entrar en una relación laboral si somos audaces e ingeniosos.

Los miles de repartidores que vemos a diario en las grandes ciudades del país pueden llevar al engaño de pensar que se está comenzando a cumplir con la lluvia de inversiones extranjeras que hasta no hace mucho tiempo se escuchaba anunciar para un segundo semestre.

Pero no se trata de empresas que han venido a invertir generando empleo local, aunque sí son mayoritariamente empresas extranjeras, y el comentario no es menor, no por consideraciones chauvinistas, sino porque en una economía que está sufriendo una severa crisis por la restricción externa, la economía de las app resulta otro canal de salida de divisas.

Lo que sucede es que estas compañías mayoritariamente con sedes en otros países, Rappi es colombiana, Glovo española, Uber y Airbnb norteamericanas, logran captar una parte de las transacciones que tradicionalmente eran estrictamente locales (qué más local que pagarle al repartidor del almacén por acercarnos la compra, o al muchacho de la pizzería para que me traiga una muzzarela con fainá o al taxista que nos lleva unas pocas cuadras) convirtiéndolas en términos económicos, en algo asimilable a importaciones.

El caso es más grave cuando vemos que la economía de las app tiene muchas aristas. En el mercado inmobiliario el desembarco de las plataformas como Re/Max supone que una parte de las transacciones que tradicionalmente estaban en manos de las inmobiliarias locales, muchas incluso barriales, se direcciona a otras latitudes. Si quiero alquilar un inmueble en mi barrio a un vecino…puedo terminar mandando parte de mi pago a la cuenta de una empresa con sede en Denver, Estados Unidos.

Plataformas como Airbnb, montadas sobre el proceso global de turistificación, también se construyen sobre la idea de la intermediación en los alquileres temporales, promoviendo la disminución de la oferta de departamentos en alquiler permanente. Con sólo mirar la plataforma, podemos encontrar más de 300 departamentos en alquiler temporal solo en el centro de Buenos Aires, pero la empresa tiene su sede en San Francisco, Estados Unidos.

Salen dólares hoy muy escasos de la economía argentina para pagar los servicios de intermediación de transacciones estrictamente locales por lo menos en su origen y en la tradición de los mismos, en un fenómeno transnacional de momento difícil de cuantificar, pero que a todas luces muestra un sendero de crecimiento que hace esperable que en el mediano plazo, devenga un nuevo renglón relevante de la salida de capitales en una economía que sigue profundizando su proceso de internacionalización.

Esto se produce con bajos niveles de inversión dado que la mayor parte del capital de trabajo queda como responsabilidad de los “socios”. Si hasta la caja de los repartidores debe ser comprada o alquilada por el “esforzado emprendedor”, al igual que los autos, motos, bicicletas, teléfonos, planes de datos necesarios para brindar el servicio, cargos impositivos, servicios contables y financieros, en ciertos casos hasta los cursos de capacitación, que son “vendidos” como condición para ingresar a un negocio. Allí la app no asume riesgos y por eso las empresas pueden tener paciencia y funcionar sin generar ingresos durante períodos de tiempo prolongados, en los que ganan instalando la marca, haciendo publicidad, y haciendo lobby para lograr legalizar sus propuestas.

Este proceso global de debilitamiento de los mercados laborales, donde incluso en los países centrales los salarios reales vienen descendiendo en paralelo con el incremento de las desigualdades en la distribución del ingreso, muestra a gobiernos que tienden a adoptar medidas para hacer “competitiva” a su mano de obra flexibilizando las regulaciones.

Esta situación es cada vez más explícita en la Argentina, donde hasta el propio presidente aseguró hace pocos días que “es obvio que necesitamos tener legislaciones laborales que se adapten a esta revolución tecnológica”, en paralelo con un fuerte proceso de licuación de salarios por efectos combinados de la devaluación de la moneda con el incremento de los niveles de inflación.

El resultado, que en mucho recuerda al que antecedió a la crisis del 2001, puede observarse tanto en los estudios de la Encuesta de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica, como en la Encuesta Permanente de Hogares del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos: la pérdida de poder adquisitivo de los salarios hace que el empleo comience a dejar de ser garantía de una vida digna. Incluso puede resultar insuficiente para estar por encima de la línea de pobreza.

La precarización y el empobrecimiento son las nuevas condiciones laborales de una parte creciente de la clase trabajadora. La economía de las app marca el rumbo en esa tendencia que, con un desempleo creciente, parece buscar su generalización en el contexto de las políticas neoliberales: flexibilizar las condiciones de trabajo para abaratar “los costos laborales”. Contexto que se acrecienta con las y los más jóvenes del mundo laboral, lo que se conoció como protección hoy es un privilegio para los recién iniciados en el mundo laboral.

La crisis general no impide que ciertos segmentos poblacionales busquen continuar con sus formas de consumo, aunque también de modos precarizados: comida, vacaciones, viajes, servicios, se demandan de modo creciente en sus formatos low cost, lo cual implica una reorientación de la demanda de bienes y servicios movida por la búsqueda del ahorro y las ofertas. Allí se posicionan buena parte de las empresas de la economía de las plataformas respondiendo con la pauperización de sus servicios, a costa del trabajo y esfuerzo de otros y otras trabajadoras, para bajar los precios a esos consumidores también en crisis.

Como se ve en una publicidad de Uber que circula por estos días en los medios de comunicación, en la que se muestran supuestos encuentros originados en la aplicación y que comienza con el sugestivo diálogo entre el chofer y un cliente:

-Hola ¿Luis?
-Sí, Luis, tocayo…

El “chofer emprendedor” es un par del cliente, es él mismo, se llaman igual, son intercambiables. Lo que nos dice la empresa es que ahí no hay un empleado, sino dos partes iguales que se encuentran para intercambiar un servicio: lo que la publicidad dice sin proponérselo, es que ambos son víctimas de un proceso de empobrecimiento que alcanza a las enormes mayorías. Luis el chofer debe salir a vender viajes porque necesita más ingresos (o algún ingreso) y Luis el cliente debe recurrir a ese servicio más “económico” aunque sea ilegal en ciertas jurisdicciones, o no cuente con habilitaciones, o seguros ante contingencias.

La “uberización” se presenta como punta de lanza de un proceso global de desigualación social que encuentra en la flexibilización laboral una amenaza que se cierne sobre las más amplias mayorías.

No se trata de negar los potenciales aportes de la tecnología al mercado de trabajo, cual luditas del siglo XXI; sino asumir el reto de que las economías de las plataformas se adecuen a las legislaciones existentes o a nuevas formas de protección de los trabajadores, pues esas relaciones aunque estén mediadas por una plataforma, siguen siendo esencialmente asimétricas. Ese es el enorme desafío que debe enfrentar un gobierno que vele por los intereses de esas mayorías, como en “elige tu propia aventura”.

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