Fragmento del libro «Trabajo Vivo (Tomo I). Sexualidad y trabajo». Christophe Dejours

El siguiente texto es un fragmento del capítulo VIII, «Del trabajo a la subjetividadad», del libro «Trabajo Vivo (Tomo I). Sexualidad y trabajo» de Christophe Dejours (Topía Editorial, 2012).

En otras palabras, cuando trabajamos tenemos que enfrentar no solamente una resistencia que llega del exterior, sino también a veces una aún más inesperada, que viene del interior de uno mismo.

Si la prueba del trabajo es una magnífica ocasión de transformarse a sí mismo, también lo es de dar batalla contra la propia resistencia a transformarse y evolucionar. La subjetividad, quiérase o no, no es sólo la experiencia del regocijo al sentirse evolucionar, a veces también es la de la incapacidad de operar sobre uno mismo.

Experimentar lo real del inconsciente es descubrir que a veces el sujeto no es amo en su morada, así como no lo es en el mundo. Creo poder afirmar que en general lo real del trabajo hace brotar, casi inevitablemente, en su estela, lo real del inconsciente.

Aunque conocía perfectamente el funcionamiento de su avión, un piloto de caza muy experimentado se estrelló contra un relieve rocoso, arrastrando detrás suyo a otros tres aviones que volaban en estrecha formación bajo su mando. El examen de las cajas negras y de los restos de los aviones mostró que no hubo falla de material alguna que pudiera explicar el accidente. Errores de ese tipo, llamados errores humanos, existen de hecho, y ningún trabajador puede evitar, a lo largo de una vida de trabajo, cometer errores cargados de consecuencias.

Esos errores son una de las formas a través de las cuales la resistencia del inconsciente se da a conocer al que trabaja. Trabajar es también, quiérase o no, confrontarse consigo mismo, en la desagradable forma del desfallecimiento, de la pérdida de control, del error o la equivocación, o incluso del acto fallido, como en la trágica historia de esta escuadrilla de cazas. A menudo, al no hacer el impasse sobre la experiencia de los propios yerros, uno se ve llevado a situaciones escabrosas desde el punto de vista psicopatológico.

Frente a resultados insuficientes en relación al contrato por objetivos (debidamente firmado, sin embargo, por él mismo), criticado, acusado o sancionado por sus jefes por insuficiencia o incompetencia, al sujeto a menudo le sucede que, en su fuero interior, se quede paralizado por la perplejidad y la duda: sus magros resultados ¿son causados por la definición de objetivos exorbitantes por parte de sus jefes, o por su propia ineptitud?.

Admitamos que no siempre es fácil discriminar entre la resistencia que oponen a la voluntad de llevar a cabo una tarea respectivamente lo real del trabajo y lo real del inconsciente. O, por decirlo de otra manera, no siempre es fácil saber si la resistencia a la maestría técnica laboral resulta de que dicha tarea es imposible o de que yo soy un incapaz.

Trabajar es por lo tanto hacer frente a la resistencia de lo real material.

Trabajar es también hacer frente a la resistencia del inconsciente.

Pero eso no es todo. Trabajar es además toparse con las relaciones sociales y la dominación, porque el trabajo no se despliega solamente en el mundo objetivo y en el mundo subjetivo, también lo hace en el mundo social.

Las relaciones sociales de trabajo son siempre relaciones sociales de género que tienen en su centro la dominación de las mujeres por parte de los hombres. En la concepción a la que adscribo, las relaciones e género tienen principalmente como objetivo la dominación del trabajo que producen las mujeres: no solamente el de producción, sino también y conjuntamente el trabajo doméstico.

Se puede demostrar por medio de la investigación clínica que la virilidad es construida en relación con el trabajo y sobre todo para el trabajo. El trabajo, en efecto, hace sufrir, como lo hemos visto con la experiencia de lo real y del fracaso. Pero esa no es sino una forma general de lo real del trabajo. Hay muchas situaciones de trabajo en las que lo real se da esencialmente a conocer bajo la forma del riesgo: riesgo de percance, de accidente, de enfermedad, de mutilación, de muerte…, como sucede en la construcción y las obras públicas, la química, lo nuclear, la policía, la aviación, las fuerzas armadas, etc.

Soportar el trabajo, aguantar el sufrimiento, que adopta aquí la forma del miedo, implica diseñar estrategias de defensa contra el miedo, las que son construidas colectivamente por los trabajadores.

Se las designa con el nombre de estrategias colectivas de defensa.

Consisten en invertir la relación subjetiva con el peligro por medio de una serie de conductas paradojales: uno demuestra que no tiene miedo exhibiendo su capacidad de hacer frente a pruebas especialmente peligrosas. “Se sobreactúa” frente a los riesgos. El colectivo impone pruebas a cada uno de sus miembros: carrera de obstáculos en la construcción, juegos olímpicos entre químicos, manteos entre los cirujanos o los ingenieros y ejecutivos principiantes.

Ahora bien, todas esas pruebas colectivas que exaltan el coraje ponen en escena a la virilidad misma: ausencia de miedo, indiferencia ante el sufrimiento, invulnerabilidad… Es hombre aquel que puede no solamente aguantar el sufrimiento sino también infligirlo a otros (manteos, por ejemplo). De las investigaciones clínicas surge que casi todas las estrategias colectivas de defensa están estampilladas por la virilidad. Esa virilidad es por lo tanto esencialmente de defensa contra el miedo. Ahora bien: ciertamente es de defensa, pero estructura al mundo entero del trabajo. Lo cual, a las mujeres que quieran acceder a las tareas calificadas y hacer carrera, les impone afrontar ámbitos que, al ser celosamente custodiados por los hombres, están estructurados por la virilidad. Ser admitidas en un colectivo de trabajo viril supone por consiguiente que esas mujeres deban recurrir a engaños respecto de la virilidad, lo cual no es tan fácil, en la medida en que con frecuencia se ven por ello desgarradas entre su identidad sexual de mujer y la virilidad a la que deben atenerse so pena de ser excluidas, a menudo sin miramientos, por los hombres del colectivo, pasando por múltiples humillaciones.

Cuando se considera lo que implica el trabajo, a saber: la confrontación con lo real de la tarea, lo real del inconsciente y lo real de las relaciones de género, se puede calibrar lo que representa el trabajo en tanto puesta a prueba de la subjetividad, sin omitir que al final de esta prueba espera una importante sanción, ya sea en términos de autorrealización y de construcción de identidad (o incluso de conquista de la salud), o por el contrario en términos de patología mental.

He aquí un fragmento de cura analítica que permitirá hacerse una idea de lo que el trabajo de producción implica como trabajo de la subjetividad sobre sí misma y lo que para el psicoanálisis significa tomar en cuenta al trabajo y al género.

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