Las cifras del Indec para el primer trimestre de este año que dan cuenta del trabajo e ingresos de la población de nuestro territorio son tajantes: cuando se trata de empleo rentado las mujeres ganan menos, están subocupadas y sufren más la informalidad. Y entre quienes no lo consiguen, ellas son mayoría. En algunas regiones, las cifras dan miedo y la inequidad es tajante: una chica del conurbano bonaerense tiene cuatro veces menos posibilidades de conseguir trabajo que un varón adulto porteño. Esta precariedad económica pone en jaque todas las decisiones de las mujeres y las hace más frágiles frente a la violencia machista. Por Luciana Peker

En cuatro de cada diez hogares la jefa es una mujer. Ellas están solas al frente de su casa y sus hijos/as y son las que paran la olla. Las que no pueden poner excusas, decir que no les alcanza o silbar bajito a la hora de la cena. En cuatro de cada diez casas las cacerolas se llenan con el trabajo de las mujeres que, sin embargo, sufren más el desempleo, el sub empleo, la informalidad laboral, ganan menos, son más atacadas por la flexibilidad laboral, perseguidas por presentismo y productividad aún en licencias maternales o por cuidados familiares, acosadas sexualmente e, incluso, forzadas a gastar más tiempo y dinero en su estética personal para tener o mantener un trabajo. En el 41,5 por ciento de los hogares la jefa (la única sostén o la que más gana para mantener un promedio de tres personas por cada casa) es mujer y en el noreste del país (donde las ollas se rascan más y se llenan menos) la cifra trepa hasta un 44,1 por ciento de mujeres que sostienen las cacerolas, las cacerolas y todo lo demás. Las mujeres trabajan el doble que los varones (seis horas en total y tres horas más que los hombres) en el cuidado de hijos e hijas y tareas de la casa y cuando trabajan y llenan las cacerolas también son las que las lavan, secan, guardan y hacen las compras para llenarlas. Nada de las ollas ni del trabajo les resulta ajeno. En la entrega de los Martín Fierro, el 18 de junio pasado, Nancy Dupláa le dedicó su premio a mejor actriz por la novela La Leona (en donde encaró a una madre separada y jefa de hogar y trabajadora textil que se convirtió en líder sindical y cabeza de una fábrica tomada) a las desocupadas y jefas de hogar o, en sus palabras, “a todas esas leonas que salen a parar la olla todas las mañanas y que son las primeras víctimas de este año y medio de una nueva Argentina. Una Argentina que cierra fábricas, que golpea a los empleados y a los obreros y los deja sin su fuente de trabajo”.

Las leonas son una metáfora de garra cotidiana. Pero no una ficción nacional. “Las políticas públicas están pensadas con un sesgo de familia tradicional en el cual los salarios de las mujeres son un ingreso adicional y ellas solo colaboran con el sustento del hogar. Sin embargo, los datos demuestran como en Salta son el 51 por ciento de las jefas de hogar y en Formosa, Santiago del Estero y Resistencia son el 49 por ciento. Estas mujeres están parando la olla como dice Nancy y tenes un gran problema porque sin el trabajo de estas mujeres (en muchos casos solteras, viudas, separadas o solas) esos hogares no salen adelante. Por eso tiene que ser tenido en cuenta por las políticas públicas y dinamizar los cambios desde abajo, desde los sindicatos y los movimientos de mujeres”, remarca la Doctora en Economía Mercedes D’Alessandro y autora del libro “Economía Feminista”.

La inequidad de género económica y laboral que se hizo grito y documento colectivo en la marcha del 3 de junio con las consignas de Ni Una Menos se plasma en una radiografía cada vez más expulsiva. El desempleo promedio es de 9,2 por ciento. Pero los promedios son engañosos. El desempleo para las mujeres es de 10,2 por ciento (y los dos dígitos no son sólo números sino una cifra que también genera mayor disciplinamiento, miedo y aceptación de condiciones adversas) y el de los varones 8,5 por ciento, según el informe “Trabajo e Ingresos”, del primer trimestre del 2017, publicado por el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (Indec), en junio del 2017.

El desempleo juvenil es escandaloso aunque se lo naturaliza o se quiere hacer pasar un puesto subvencionado por el Estado para freír papas fritas como un incentivo al empleo joven. El 20,1 por ciento de las chicas sub 29 está desocupada (busca trabajo y no encuentra), mientras que el 17,2 por ciento de los varones tampoco tiene empleo. Las diferencias de género entre los y las jóvenes son más marcadas que entre los adultos. Pero, además, la dificultad para conseguir un sueldo con el que llegar a fin de mes, comer, salir o estudiar para una chica de 28 años es el doble que para el resto de la población. Y las diferencias se acentúan más. El desempleo de los varones de 30 a 64 años es de 5,1 por ciento y el de las pibas del conurbano bonaerense de 22,5 por ciento. Por lo que una chica de Lomas de Zamora tiene cuatro veces menos posibilidades de tener dinero propio que un varón de 40 años porteño.

La inequidad se ahonda en el cruce de género, clase, territorio y edad. En la Ciudad Autónoma de Buenos Aires el desempleo de las chicas llega al 16,2 por ciento (una cifra que redobla el promedio nacional y en la ciudad con mayor actividad y servicios del país). Pero en Catamarca trepa al 28,2 por ciento; en el Gran Rosario al 27 por ciento; en Río Cuarto al 26,9 por ciento; en Gran Córdoba al 25,7 por ciento; en Tucumán y Tafi Viejo al 24,3 por ciento. Entre las propias chicas argentinas donde nacen, miran clasificados, hacen cola en busca de empleo o van a pedir trabajo se ahonda una diferencia como si fueran nacidas en dos países distintos.

El problema del desempleo sub 29 es histórico, pero nunca fue tan grave como en la actualidad. En el cuatro trimestre del 2013, por ejemplo, el desempleo promedio era del 6,4 por ciento. Las brechas de género y de edad eran muy marcadas y el desempleo de las chicas llegaba al 16,2 por ciento, mientras que el de los varones era del 11 por ciento, según datos de la Encuesta Permanente de Hogares del INDEC, publicados en el Boletín de Estadísticas laborales del Ministerio de Trabajo de La Nación y reproducidos en la nota de Las/12 “El género del dinero”, del 25 de abril del 2014.

La perspectiva de género en el empleo ya tenía una deuda: no se estimuló la búsqueda de empleo por parte de las mujeres, no se promovió a nivel masivo la capacitación en áreas tradicionalmente masculinas y bien pagas salvo planes pilotos del Ministerio de Trabajo para que las chicas manejen excavadoras o arreglen motos que fueron planes exitosos pero realizados a baja escala, no se debatieron proyectos legislativos para estimular la contratación de mujeres, por ejemplo, con licitaciones por parte del Estado más favorables a empresas con mayor cupo y equidad de género. De todas maneras de un 16,2 por ciento de desempleo sub 29 se paso a un 20,1 por ciento del 2013 al 2017 con un crecimiento del mayor problema para la autonomía económica femenina de cuatro puntos porcentuales con solo cuatro años de diferencia.

Si una chica no consigue ingresar al mundo laboral antes de las tres décadas tiene muchas menos posibilidades de irrumpir después y muchas más posiblidades de verse afectada por la persecución a la maternidad a través de los intentos de quitar plus por productividad o presentismo a las madres que se tomen licencia por maternidad en ARBA, el organismo recaudador de la Provincia de Buenos Aires y a todas las empleadas estatales en una paritaria firmada por UPCN y refrendada por el Ministerio de Trabajo.

El derecho al trabajo es un derecho básico, pero, además, la falta de autonomía económica implica una mayor vulnerabilidad frente a la violencia de género, entre otras consecuencias de las astillas en la independencia que implica la falta de un sueldo con el cual decidir libremente dónde o con quién o cómo vivir. La Secretaria de Género de la CTA Estela Díaz destaca: “Con desigualdad laboral y brechas de género que se profundizan estamos cada vez peor respecto a las situaciones de violencia como se planteó el 3 de junio en la marcha de Ni Una Menos. Por eso, hoy hay más violencia de género y no menos”.

En un año electoral el desempleo femenino no puede quedar afuera del debate, las propuestas y el mandato del voto. Por eso, D’Alessandro remarca que se trata de un problema de Estado: “Los niveles de desempleo femenino vienen siendo altos y superiores al de los varones hace bastante tiempo y es hora de tomar dimensión de este problema. Se necesitan políticas de empleo que tengan perspectiva de género. Los varones y las mujeres tienen trayectorias diferentes. Las mujeres se embarazan y se tomen las licencias que es un dinero que pone el Estado y no las empresas. Pero, de todos modos, a las pibas en las entrevistas de trabajo les preguntan cuáles son sus planes familiares y a los pibes no. Y cuando se hacen planes de empleo joven no se toma en cuenta que muchas mujeres jóvenes están a cargo de sus hijos, en muchos casos solas, y les demanda bastante tiempo y la mayor parte de los planes no generan espacios de cuidado para que las chicas puedan formarse y tener un espacio donde dejar a sus hijos e hijas y hay muy poca oferta pública disponible para poder colaborar”.

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