En una cena de sábado a la noche, distendida y familiar, una conocida relata lo que está viviendo en una mega empresa y con la consultora que terceriza su trabajo profesional. El maltrato por parte de su jefa (a la que se ha sumado la jefa de su jefa) ha ido en aumento, llegando a gritarle que ella no la quiere despedir y que si quiere irse que se vaya. Sí, a los gritos mientras dice que no la trata mal.

Las condiciones de trabajo son cada vez peores, por ejemplo no le permiten llevar cosas personales y tener un escritorio y espacio minúsculo, no reconocimiento de aumentos, asignación de tareas por encima de lo acordado y muchas situaciones humillantes más.
Nuestra amiga se está enfermando literalmente pero no le permiten que falte al trabajo diciéndole que le descontarán los días (ella aceptó que se los descuenten) porque no estaba en condiciones de ir pero ya no solo por enfermedad sino por el malestar psicológico.

La consultora que terceriza su trabajo pese a cierto mensaje contradictorio de reconocerle sus razones, termina en los hechos convalidando el trato de su cliente y también amenaza a nuestra amiga.

Muchas de las personas que trabajan en la empresa famosa y reconocida en el ambiente, viven situaciones familiares pero no dicen nada, callan.

Estoy segura que nadie desconoce lo que estoy relatando ya sea por haberlo vivido o por conocer personas que lo padecieron.

Debo aclarar que nuestra amiga realiza un trabajo muy especializado y requerido en el mercado empresario y donde no hay demasiada competencia y por supuesto gana un buen sueldo. Sin embargo escucharla y percibir su angustia, conmueve.

En estos momentos, las condiciones de abuso están aumentando por las restricciones del mercado laboral y la crisis económica, pero sabemos que existen hace mucho.

Creo que las corporaciones hablan de eficiencia, inteligencia emocional, coaching ontológico, calidad de sus recursos humanos, creatividad pero en verdad ésto queda en mero discurso de marketing demasiado a menudo. En realidad muchas veces aplican el miedo, la humillación, el ninguneo, la poderosa herramienta del acatamiento a las normas empresarias que ellos mismos imponen y el silencio por amedrentamiento.

También ocurren en empleos o trabajos públicos como bien comentaron otros amigos de la cena del sábado a la noche y también los efectos son dolorosos.

Conozco personalmente vivir estas situaciones. Sé que quien habla no es bien visto y no cuenta ni siquiera con el aval de sus pares. Prima la defensa del lugar que se ocupa y cae muy mal que alguien se rebele o denuncie. A veces se llega a situaciones extremas de negar el propio sufrimiento. Y todo por el temor a perder algo de lo que se tiene pero a un precio muy alto: la propia integridad.

Si al leer ésto te sentís identificada o identificade, me gustaría que nos comentes tu experiencia o desacuerdos.

Lic. Inés Arribillaga
Psicóloga clínica y del trabajo
Creadora de
grupo de reflexión: cuando el trabajo duele

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