Constanza Michelson. Foto: Mónica Molina.

Constanza Michelson, psicoanalista y escritora, profundiza en Hasta que valga la pena vivir, su último libro, lo que ya venía observando en sus columnas: nuestro conflicto con el deseo, la mercantilización de las relaciones y la amenaza de los maximalismos. Aquí desglosa los conceptos —como la ética, el mercado y la violencia— que atraviesan tanto a este tomo como a nuestra sociedad en crisis. “El estallido lo leo como un recordatorio de que ‘podíamos volver a desear’, ahí durante tanto tiempo el mantra había sido el ‘no hay alternativa’”, dice.
Patricio Corona
14 Ene 2020 12:12 am


Un calzón arrugado, dos botellas de vodka vacías, cigarros a medio fumar y tiras de remedios repartidas por el suelo. El libro se llama Hasta que valga la pena vivir, una de las frases que más se leyó en las calles desde el 18 de octubre, pero la imagen de su portada no tiene nada de callejero: es una obra de la artista inglesa Tracey Emin, una cama saturada de objetos pero vacía —como nuestra sociedad hasta hace unos meses— del concepto que atraviesa este nuevo volumen de Constanza Michelson: el deseo.

“No es un libro sobre el estallido”, explica la psicoanalista, columnista y escritora, autora antes de 50 sombras de Freud y Neurótic@s, “si bien al medio de la escritura estalló y por supuesto que está incluido. Venía escribiendo sobre el ‘(no) deseo’ de vivir —algo que esa cama de Tracey Emin refleja muy bien: es una cama de compulsiones y voracidad, sin deseo— cuando explotó una revolución con la consigna ‘Hasta que valga la pena vivir’. Ahí todo cuajó”.

Ya, sí: nadie, en estricto rigor supo anticipar o prever con certeza lo que pasó en Chile hace casi tres meses, pero las columnas de Michelson venían reflejando hace mucho tiempo algunas de las deformaciones a las que el neoliberalismo nos estaba sometiendo —y que terminaron siendo pólvora para el estallido—: la mercantilización de las relaciones, la transformación del conocimiento en management, la autoexplotación de las personas y, entre otras más, este intento de protocolizar cada ámbito de la vida en común, quitándole cada vez más espacio a la espontaneidad, la creatividad y la ética.

Por eso, aunque es un libro que viene escribiendo hace casi dos años, resulta completamente contingente en medio de esta crisis. Más conceptual y abstracto que sus otros tomos, no por eso es menos claro para observar los nudos que hoy nos tienen ansiosos, angustiados, depresivos, violentos, solos, pero también esperanzados.

“Es un libro más difícil que los anteriores”, dice, “y es que las ideas tienen una complejidad que generalmente se acepta en las ciencias exactas pero que se le critica a las humanidades. No recurro tampoco al humor para “reírnos de nosotros mismos”; me atrevo a decir que escribí de manera honesta y profunda. Con preguntas y con posición política”.

A partir de los conceptos que se analizan transversalmente en Hasta que valga la pena vivir —y que, por lo tanto, están también al centro de nuestra sociedad—, haremos una suerte de glosario reflexivo con la autora, un temario de lo que ella define como “capitalismo del yo”.

DESEO. ¿Cómo pasamos del deseo perdido, y la depresión epidémica que sufríamos como país, a este desborde casi ansioso, donde todos parecen quererlo todo? ¿Acaso no sabemos desear?

Desear no es algo que se sepa o no se sepa hacer. Es algo que más bien se soporta o no se soporta. “Yo deseo”, por ejemplo, es una frase imposible. Donde está el yo no está el deseo, porque éste no tiene que ver con la moral controladora de “yo hago lo que quiero”. El deseo incomoda justamente porque es ambiguo e incierto. Somos hijos de una época en que se sustituye el deseo por la compulsión (pegarse a un objeto o una conducta fija), por los clichés (adecuarse a formas de vida estandarizadas, elegidas como productos de supermercado), o bien por el no-deseo radical, como en la depresión. El modelo de progreso ha sido disonante con el deseo de vivir —aumenta la esperanza de vida y al mismo tiempo los suicidios— pero no lo abordábamos porque el malestar se ha privatizado en diagnósticos psiquiátricos, en ideas de mediocridad e incapacidad. El estallido, me parece, ha sido una explosión de esa racionalidad. Lo leo como un recordatorio de que “podíamos volver a desear”, ahí durante tanto tiempo el mantra había sido el “no hay alternativa”. Ahora, por cierto hay exaltación, y como en todo, inevitablemente tendrá que llegar la resaca y con ello el desafío de generar espacios políticos en que podamos existir como algo más que clientes. Un sujeto político es un sujeto de deseo, porque está obligado a salir de sí mismo por la vida compartida.

NEOLIBERALISMO. ¿Es el estallido una respuesta contra un sistema que ya no da más o, como dice la investigadora Lucy Oporto, solo una impulsividad colectiva para satisfacer “las apetencias de la sociedad de consumo: tener, poseer, destruir?

El estallido es un acontecimiento, no es algo calculado —aunque para el gobierno y la elite eso sea impensable y, por lo tanto, deban insistir en teorías conspirativas. Sin embargo, es absolutamente comprensible su irrupción. Coincido con Lucy Oporto en esa expresión que toma de Pasolini: la fase neoliberal del capitalismo es más que un modelo económico, es un gobierno de las conductas, de cómo nos relacionamos con el mundo, con nosotros mismos y con los otros. Y efectivamente es de ese modo: tener, poseer, destruir. Pero el malestar politizado es, por el contrario, una crítica a esa forma de vida, por lo tanto lo que se escucha y se ve en la calle son solidaridades y alegrías inesperadas. Esto es justamente lo que la élite temerosa no percibe. Lee irracionalidad, porque su paradigma de vida es la individualidad en sus fortalezas, no la vida colectiva ni la organización popular. No es casual que en la consulta ciudadana las comunas más ricas esperaban más seguridad. ¿Pueden acaso los más ricos soñar? Se ha discutido si la protesta es puro impulso o politización. A mí no me cabe duda de que es un despertar político, pero no bajo las claves del siglo XX. No hubo, por ejemplo, una estampida hacia los partidos políticos. De todas maneras, para que haya cambios duraderos se debe constituir algo más allá de la calle.

FEMINISMO. El fin de la historia fue decretado hace tiempo por Fukuyama. ¿Podrá el feminismo, y su promesa de futuro, hacerla revivir?

Si cierras los ojos por un segundo, trata de acordarte cómo era el futuro en los años noventa. Era plateado como los Supersónicos. Si haces el mismo ejercicio hoy, es posible comprobar que nos quedamos sin imágenes de futuro. Quizás una aceleración de lo mismo, un modelo de teléfono mejorado, pero no mucho más. Pienso que no habíamos calculado la gravedad de quedarnos sin imaginación de futuro. El mundo es una representación, eso quiere decir que el mundo podría ser como lo conocemos, pero también de otras formas. Quien impone la imagen del mundo, domina. El feminismo, entre otras reivindicaciones, ha empujado el quiebre de una imagen de mundo, donde la estética, el lugar del saber y lo deseable se han abierto. Eso es una disputa de lo más interesante. Tengo la hipótesis de que la posibilidad del estallido fue precedida por lo que estos movimientos generaron previamente —aunque se les criticó no tener demandas claras— y es que fueron rompiendo una idea de sí mismo, de lo que somos. Cuando cambia el sí mismo, se corren los límites del pensamiento. Eso que pasa de manera subterránea es más poderoso que lo programático, que inevitablemente se empieza a convertir en algo normativo.

AMOR. “Sin dolor no te haces feliz; sin amor”, cantaba La Ley hace unas décadas, pero como sociedad venimos eludiendo el sufrimiento progresivamente. ¿Será por eso que hoy cuesta tanto amar o encontrar el amor?

Al amor se cae. Así como el deseo o la política no funcionan bajo la lógica de la propiedad, sino que soltando algo de uno mismo. Es como cuando alguien, en los primeros cinco minutos de una cita, se pone a declarar sus intenciones: que no quiere nada serio o cosas así, como si supiera de antemano qué va a sentir. Desde luego no hay posibilidades de nada ahí. Si el amor se sufre (y se goza) es porque —aunque esto no tenga ningún prestigio hoy— lleva a depender de otra persona en algún grado. Y claro que eso incomoda. Lo que no queremos reconocer hoy es que también nos da mucho placer: las leyes de la fascinación se direccionan a cierto sometimiento. Cada época busca cómo protegernos de cebarnos en la fascinación para protegernos de nosotros mismos. Es una ecuación difícil la de amar sin destruirse. Pero un mundo de solteros (lo digo como posición simbólica, aun cuando se esté en pareja) es un mundo muy aburrido.

ÉTICA. El estallido social ha mostrado cómo muchas autoridades y figuras públicas, incluso celebridades o twitteros, se muestran en extremo cautelosos de decir algo que pueda ofender o desilusionar a alguien. ¿Ha sobrado estética y ha faltado ética estos meses?

Siempre ha sido difícil pensar cuando hay corrientes de pensamiento en masa. Hoy se acentúa porque el escarnio público está amplificado por las redes sociales a una escala impensada hace algo más de una década. Arriesgar una palabra, una pregunta, o bien dudar de lo que se instala como correcto, puede llevar a quien lo enuncia a muchos costos. Son tiempos de cobardía, en cierto sentido. Por lo demás, desde el punto de vista moral, frente al debilitamiento de los pactos sociales ocurre que es como si el único pacto a cumplir fuera coincidir consigo mismo, demostrar ser bueno antes que hacer algo por otro. La crisis del humanismo es también una crisis de la compasión, del sentir juntos. Es imperativo acordar una ética laica del cuidado mutuo.

MERCADO. Has dicho que con la caída del patriarcado, el vacío del padre muchas veces lo llena el mercado. ¿Qué es peor: un papá machista y autoritario o un papá mercantilizado?
El papá machista fue siempre una ficción. Cuando las madres decían “tu papá te va a retar”, y ese papá estaba en cualquier parte, pensando en cualquier cosa salvo en criar, quedó demostrado de que se trató siempre de un límite inventado. Así como el padre patriarcal implicaba sostener la ficción de la potencia y el saber, estaba obligado también al cuidado. Hoy ambas funciones se han visto socavadas, una para mejor —su autoridad machista— pero también se perdió la responsabilidad sobre otros. La idea de que todo se acaba en la generación a la que cada quien pertenece nos vuelve intrascendentes. Supongo que un padre mercantilizado es uno que inicia a sus hijos en el mundo como clientes, y no deja más legado que eso. No por nada un colega, psicoanalista infantil, dice que los padres consultan por hijos cada vez más pequeños: no saben qué hacer cuando no comen o no duermen. Como si no se supiera ser adultos, lo que al final no es gran cosa: es ante todo tomar una posición, poder decir algo —aunque no sea un experto en esa materia— desde un lugar que marque los lugares generacionales: yo soy el padre o madre y tú eres mi hijo. Me gusta mucho la historia de una amiga que es profesora universitaria, y en el asado de fin de año sus alumnos le preguntaron: “profe, ¿usted fuma pitos?”. Ella les respondió: “sí, pero no con ustedes”.

VIOLENCIA. Zizek dice que “la violencia puede destruir al viejo poder, pero nunca puede crear la autoridad que legitima al nuevo”. ¿Estás de acuerdo? ¿Podremos salir de este presente violento sin entrar a otro igual de beligerante?
Para pensar eso me parece central la distinción de Hanna Arendt, una autora clave estos días, entre liberación y libertad. La liberación no asegura nada, como lo que ocurrió en la primavera árabe. Nos podemos liberar de una opresión, pero si no constituimos otra cosa, la revolución fracasará. La libertad pública es concebida por Arendt, y en eso la sigo, como la creación de espacios de igualdad política. Eso significa que constituir algo, y ser parte de ese proceso, crea libertad y responsabilidad a la vez. Por eso hoy en Chile el proceso constituyente, y cómo se lleve a cabo, es igual de relevante que el producto final: ser parte del pacto al cual se va a obedecer.


MACHO. “Muerte al macho”, se lee en las murallas después de cada marcha feminista. ¿Será posible que con el intento de matarlo a toda velocidad, el machismo, como una bacteria, se termine haciendo resistente y reaccione con aún más intensidad?


A propósito de LasTesis, se ha hablado mucho de la antropóloga Rita Segato, especialmente de sus ideas en relación a la violación. Pero no sobre lo que considero la parte más luminosa de sus planteamientos: la vincularidad. Si no apostamos a que las nuevas generaciones aprendan a negociar sus diferencias y a crecer como aliados, habremos fracasado. Una ética feminista tiene algo muy interesante, que ella llama domestizar la política, algo así como buscar en esas formas de vida que han quedado fuera de la gestión de la política institucional —de eso las mujeres saben mucho, porque siempre se las han tenido que arreglar por fuera de los cálculos de la racionalidad institucional— la intención de perpetuar la vida inventando formas inéditas. Y en este libro me fui dando cuenta de que el optimismo es una actitud política, una decisión. El nihilismo me parece que finalmente termina cayendo en una alianza cínica con el poder. Quiero apostar por la vida ante todo. No por cualquiera, no por la extensión biológica porque sí, sino que por una vida digna, una vida vivible. Y esa vida es junto a otras y otros.

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Comments

  1. Estuvimos leyendo el artículo más de una vez. Y así seguirá siendo hasta que quede incrustado en la piel «como una mancha de acero». Gracias Inés por compartirlo con todes nosotres y hacernos pensar, cambiar las perspectivas desde las que nos vemos, y siempre, siempre, Siempre , extender los límites.
    Abrazo.
    Claudio y Ana

    1. Gracias Ana y Claudio, me alegra poder compartir estudios y reflexiones sobre formas distintas de analizar la realidad en la que estamos inmersos. Coincido con estas apreciaciones y trato de salir de tantos estereotipos simplificadores. No es frecuente encontrarlas. Un beso grande para ambos.

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