Esta publicación surge de la selección de algunos fragmentos de los capítulos de mi trabajo final de grado de la Licenciatura en Psicología, titulado “El mito del instinto maternal y su relación con el control social de las mujeres”.
Por Stefanía Molina
Quisiera agradecer enormemente a la Prof. Adj. Lic. Elina Carril Berro, quien me acompañó como tutora durante el proceso de elaboración del mismo.

Introducción

“La maternidad, además, más que cualquier otro aspecto de género, ha sido sometida con insistencia a interpretaciones esencialistas y se la considera una prueba de lo «natural», universal e inalterable. Todo eso constituye las claves para fundar nuestras sospechas”. Mojzuk

El objeto del trabajo es responder la siguiente interrogante: ¿Cómo interviene el mito del instinto maternal en el control social de las mujeres? Esta pregunta será contestada a través de diferentes autores/as a quiénes se pondrán en diálogo, contrastando sus diversas opiniones y visiones.

El pensamiento occidental ha construido determinados fenómenos sociales como esencias, esto obstruye la posibilidad de cuestionar las prácticas y criterios en relación al género, las identidades, las sexualidades, etc. La concepción de esencia en cierta medida tranquiliza, produce la fantasía de una existencia per- se a la edificación de los roles y papeles, que los sujetos[1] habitan.

En este sentido, el mito del instinto materno trae aparejado (y se introduce) en problemáticas vigentes tales como: el aborto, la elección de la no maternidad, maternidades subversivas[2], etc. Si naturalmente las mujeres nacen con dicho instinto, saben cuál es su destino. O directamente, las mujeres que optan por la maternidad, estarán bajo la mira, sus labores serán controladas, se hace necesario ser buena madre, es paradójico, ¿No es acaso natural?

Es destacable que la verdadera mujer está asociada directamente a la maternidad. La artificidad del mito se puede ver en aquellas mujeres que deciden interrumpir su embarazo, matan a sus hijos recién nacidos, etc. Todas estas acciones aparecen tipificadas como criminológicas o antijurídicas. Es por ello que legitimar la elección de la no-maternidad se hace un desafío necesario.

El control sobre el cuerpo y la subjetividad de las mujeres se produce en el seno de un sistema patriarcal (término resignificado por Kate Millet)[3]. Diferentes instituciones sociales y tecnologías de poder se encargan de manufacturar cuerpos y mentes disciplinares. Lo primero que se asocia al pensar en seres humanos es la representación ensamblada a categorías tales como mujer/varón. Es así, que a lo que llamamos humanidad, es fácilmente reductible a una lógica binaria imperante desde la antigüedad, que se puede ver reflejada en el discurso social que establece la idea de las buenas madres, produciendo inescindiblemente a las malas madres. Las últimas no cumplen con diferentes expectativas, generando tensión, pues interpelan a las normativas de género, así como a su propia realidad.

La maternidad como construcción cultural. El género

La maternidad, tal como la concebimos en el siglo XXI, mantiene el orden social- heterosexual y legitima la “esencia” femenina que completa a las mujeres. Es una construcción cultural multideterminada que se organiza a través de normas. Éstas se establecen de acuerdo a las necesidades de los grupos sociales y se enmarcan en una época definida de su historia.

Pierre Bourdieu (citado por Scott 2008) plantea que “la división del mundo” implica “las diferencias biológicas y especialmente aquellas que se refieren a la división del trabajo de la procreación y reproducción”, opera como “las que están mejor fundadas en ilusiones colectivas”. Estos relatos establecen un control diferencial sobre los recursos materiales y simbólicos, el género se implica en la concepción y construcción del poder: “es el campo primario dentro del cual o por medio del cual se articula el poder” (Scott, 2008, p.68). Asimismo es una categoría que media entre la diferencia biológica y las relaciones sociales basadas en las diferencias percibidas entre los sexos.

El género como categoría de análisis, permite conocer complejos procesos sociales para explicar cómo se estructuran y expresan los ámbitos de lo femenino y lo masculino y cuáles son los símbolos y características que los definen y representan como construcciones culturales opuestas y simétricas. (Quezada, 1996, p.21)

El género como categoría analítica aparece en la agenda académica en el siglo XX. El feminismo que toma esta categoría, siendo el más destacado hasta la actualidad, se denominó como “la segunda ola”. Surgió en la década de los setenta’ en América Latina, y en los años sesenta en Europa Occidental y en Estados Unidos. Nace en un contexto de lucha política y cultural a nivel internacional: rebeliones anticolonialistas del tercer mundo, críticas anti-psiquiatría, revueltas estudiantiles, reivindicaciones en cuestiones de etnia, etc. Mojzuk (s.f) al hacer referencia exclusiva al feminismo y a la maternidad, dirá que:

Hoy por hoy, es difícil hacer un balance preciso de las consecuencias de las reivindicaciones feministas que datan de los años 60 y que siguen la avanzadilla de Simone de Beauvoir en El segundo sexo. Con Kate Millet, las teorías freudianas quedaron cuestionadas y las experiencias vitales de las propias mujeres desmintieron lo que el psicoanálisis promulgó como características esenciales de la personalidad femenina: pasividad, masoquismo, narcisismo. Muchas de las feministas de esa época fueron tachadas de meras «reivindicadoras», con el carácter deformado por la socialización inadecuada, con su naturaleza verdaderamente femenina reprimida (…) Ni la abnegación ni el gusto por el dolor pueden formar por más tiempo la imagen de la capacidad maternal (…) Una vez más se señalaba a “las feministas rabiosas o «viriles reprimidas»” (Badinter, 1981) como incendiarias de ese calentón discursivo. (p.29)

Se hace referencia a las obras teatrales escritas por Federico García Lorca: “La casa de Bernarda Alba” (1936) y “Yerma” (1934), como ejemplos que si bien son producto de un artista en particular, no dejan de reflejar las vivencias de distintas mujeres en relación a la maternidad.

El contexto donde se desarrollan estas historias es en España, en un momento en que la sociedad era violenta y el papel de las mujeres secundario. La protagonista de la primera obra mencionada, Bernarda (quien encarna el personaje de una mujer viuda), es un ejemplo interesante para tratar el tema de maternidad, justamente porque interpela al instinto maternal, a la ternura natural de las madres que es aparentemente histórica. Yerma por su parte es una mujer que termina siendo su propia enemiga, el sentimiento que la invade es angustia. El mandato social es que toda mujer casada debe ser madre. A medida que pasa el tiempo se va sintiendo “mala” por no lograr su destino natural, se siente “seca”, palabra que alude a la esterilidad.

Las mujeres en la actualidad deben invitarse a generar autonomía, comprender la importancia de sus elecciones y que éstas sean placenteras. En relación a ello, las dos mujeres que aparecen en las obras de Lorca, están perseguidas por los fantasmas de la maternidad y el deber ser. No se trata aquí de hablar sobre las buenas madres o malas madres, sino de la escasa decisión de estas mujeres sobre sus vidas.

Desarrollo de la historia de las mujeres y de la (s) maternidad (es)

Como es sabido, la historia representa una visión y el pensamiento de quiénes la han escrito: varones de clase media pertenecientes a pueblos dominantes erigidos según el modelo androcéntrico, referentes de los espacios públicos; mientras las mujeres de los privados, quedando al margen de todo “texto”.

Excluidas, silenciadas, invisibles, las mujeres fueron ignoradas en el ámbito doméstico y privado; también en el económico, social, político y cultural. La mayoría de las veces fueron imaginadas, descritas o relatadas en forma parcial, y generalmente a través de un intermediario porque el registro directo estuvo supeditado a su acceso a la escritura. (Guardia, 2005,p.13)

El siglo XX transita por diferentes escenarios. Los cambios producidos a nivel demográfico promueven el surgimiento de las políticas natalistas, la maternidad se ve como una obligación, como un deber biológico, se invita a las mujeres a parir y se producen medidas represivas que condenan el aborto y la anticoncepción. En relación a las últimas décadas del siglo XX, Lagarde (2013) dirá que:

Las transformaciones del siglo XX reforzaron para millones de mujeres en el mundo un sincretismo de género: cuidar a los otros a la manera tradicional y, a la vez, lograr su desarrollo individual para formar parte del mundo moderno, a través del éxito y la competencia. El resultado son millones de mujeres tradicionales-modernas a la vez. Mujeres atrapadas en una relación inequitativa entre cuidar y desarrollarse. (p. 2).

El patrón (sistema) sexo – género (concepto acuñado por Gayle Rubin) se ha encargado de diagramar cuerpos y de producir sujetos cuyos destinos pareciesen estar definidos ontológicamente según la etnia, edad, sexo, clase social, etc. Es evidente que se han diseñado las categorías sociales para que sutilmente se consiga controlar a los cuerpos (y a las mentes). No se puede dejar de tener en cuenta la violencia histórica y política con la que se ejerció el poder, siempre desde una lógica androcéntrica. Lagarde (2013), en este sentido, dirá que “cuidar es en el momento actual, el verbo más necesario frente al neoliberalismo patriarcal y la globalización inequitativa” (p.2).

La cultura patriarcal que construye el sincretismo de género fomenta en las mujeres la satisfacción del deber de cuidar, convertido en deber ser ahistórico natural de las mujeres y, por tanto, deseo propio y, al mismo tiempo, la necesidad social y económica de participar en procesos educativos, laborales y políticos para sobrevivir en la sociedad del capitalismo salvaje. (Lagarde, 2013, p.2)

Las madres responsables del futuro de la humanidad

El sistema sexo-género ha designado a las mujeres el ámbito de la reproducción biológica. El diagrama social y cultural otorga a las mujeres – madres grandes responsabilidades. El dispositivo[4] que controla socialmente a las madres es el mismo que vigila a la humanidad en su conjunto. Por control social se entiende:

La capacidad del grupo social para lograr que sus miembros sigan determinados comportamientos y para sancionar los comportamientos prohibidos. El control social es la expresión más directa del poder del grupo sobre sus miembros. Poder social y control social son términos que se coimplican, pues quien tiene el poder ejerce el control y viceversa, quien ejerce el control es el que tiene el poder. (Robles, 1997, p.165)

El control social actúa como corrector de las desviaciones que se producen y como reproductor del status quo. En este sentido, Silvana Darré (2013) dirá que:

De modo constante se refuerza la idea de que la madre es la única responsable de las cualidades de su descendencia y, por extensión, también responsable del futuro de la humanidad (sea bajo la idea de nación, de futuro de la raza, de canon de salud física o mental, de la felicidad de las nuevas generaciones, o del orden social en general)”. (p.13)

El ser humano al nacer necesita de un otro que lo cuide, que lo proteja. Es evidente que un bebé no puede crecer ni desarrollarse por sus propios medios, en un principio es absolutamente dependiente. Las madres son designadas socialmente para cumplir estas funciones de cuidado, estableciéndose en ellas (desde el inicio) una dosis importante de culpa: son responsables de un individuo pequeño y vulnerable, ello puede generar una destacada carga para estas mujeres. Lagarde (2013) expresa que:

La fórmula enajenante asocia a las mujeres cuidadoras (…) el descuido para lograr el cuido. Es decir, el uso del tiempo principal de las mujeres, de sus mejores energías vitales, sean afectivas, eróticas, intelectuales o espirituales, y la inversión de sus bienes y recursos, cuyos principales destinatarios son los otros. Por eso, las mujeres desarrollamos una subjetividad alerta a las necesidades de los otros, de ahí la famosa solidaridad femenina y la abnegación relativa de las mujeres. (p. 2)

El ideal de la crianza perfecta que las tecnologías médicas venden, así como las revistas, los medios de comunicación y la sociedad en su conjunto, hacen que el asunto sea aún más culpógeno para las mujeres – madres. Alcanzar ese ideal es prácticamente imposible, por el simple hecho de tratarse de seres humanos. Por tanto, las madres se enfrentan a una variedad de frustraciones que deben transitar para apropiarse de su rol materno y entenderse como seres que pueden fallar, aunque esto implica un trabajo de duelo (reacciones afectivas frente a una pérdida) por un ideal.

Desde los discursos populares y médico – científicos se les transmite a las mujeres – madres determinadas prescripciones, incluso antes de que nazcan sus hijos. Se le suscita a las madres estar atentas y al servicio de las necesidades de su bebé durante las veinticuatro horas del día (al menos los tres primeros meses de vida), asimismo se inculca la lactancia exclusiva hasta los seis meses como mínimo (la OMS recomienda amamantar hasta los dos años), en relación a lo último, “Knibielhler (1993) plantea que las sociedades occidentales no han tenido una respuesta clara acerca de la naturaleza de la madre que amamanta; si se trata de una hembra (apelación al instinto) o de una madre (cultura/afecto)” (Darré, 2013, p.80).

En la actualidad, todos los síntomas, los logros y éxitos que los niños presentan en diversos ámbitos, son analizados en relación al vínculo con la madre. Todo ello da la señal que las madres pareciesen ser las únicas responsables de su futuro, por lo tanto del futuro de la humanidad en su conjunto. Pueden fracasar el resto de los vínculos del individuo pequeño pero si hay una madre “competente”, es suficiente. Como se mencionaba anteriormente, los bebés y los niños deben ser cuidados porque lo necesitan para sobrevivir y establecer vidas saludables, el problema radica en que sean exclusivamente las madres las encomendadas de tan destacada labor; la de formar ciudadanos.

La madre omnipotente

“Madre hay una sola” – “Con mi madre no te metas” – “Mi vieja es lo más grande que hay” – “Yo por mi vieja doy la vida” – “Mi madre lo dejó todo por mí” – “Mi madre es un ejemplo de mujer, siempre se sacrificó por todos” – “Tengo la mejor mamá del mundo” – “Más allá de nuestras diferencias, ella es mi madre” – “Una madre siempre quiere lo mejor para sus hijos” – “El amor de madre es el único realmente incondicional” – “A mí sólo me manda mi madre” – “Mi madre me arruinó la vida”.

Las frases que aparecen a priori son representativas de nuestro imaginario social y explicitan el lugar de omnipotencia que se les confiere a las madres. Se podría pensar y validar desde aquí la siguiente lógica de pensamiento: a mayor poder, mayor vulnerabilidad:

La figura de la mujer-madre es casi la de cualquier fármaco: cura y veneno al mismo tiempo. Cura si la dosis de presencia y soporte es la correspondiente y veneno si desborda los parámetros de la soportabilidad…(Muñoz, 2009, p.7)

Diferentes discursos institucionales se encargan de mantener viva la noción de la madre todopoderosa, el psicoanálisis es uno de ellos. En algunas de sus teorías, sobre todo en las más ortodoxas, posee una notoria tendencia a responsabilizar a las madres de la salud – enfermedad, de la felicidad – infelicidad de sus hijos. Evidentemente, el psicoanálisis se encuentra atravesado por conceptos de salud y enfermedad que continúan reproduciendo la sujeción de las mujeres en tanto madres.

Puedo parafrasear a Maud Mannoni al decir que la institución psicoanalítica ha producido con el significante maternidad el mismo efecto que la institución psiquiátrica con los diagnósticos: un abuso de poder basado en la perversión del saber cuyas repercusiones no han quedado sólo en el pensamiento de los psicoanalistas, sino que se han traducido en modalidades de trato, de subjetivación y de educación de las mujeres en tanto posibles madres. (Muñoz, 2009, p.3)

Discursos sobre la buena madre y la mala madre

Como es posible acreditar, nuestra cultura está atravesada por un pensamiento binario que divide, escinde, discrimina y adjudica diversos juicios de valor a las polaridades que fabrica. Tal como nos expresa Héritier (1996): “Es preciso considerar las oposiciones binarias como signos culturales y no como portadoras de un sentido universal. El sentido reside en la existencia misma de estas oposiciones y no en su contenido; tal es el lenguaje social y del poder” (p.221). La armadura simbólica del pensamiento filosófico y médico griego, que siglos después continúa viva, se puede visualizar por ejemplo con Aristóteles, Anaximandro e Hipócrates.

Las voces del saber también han perpetuado el lugar de las mujeres, a través de una lógica binaria y excluyente. No basta con traer hijos al mundo, hay que saber cómo hacerlo, hay que ser buena madre. El discurso que habla de las madres negligentes, aquellas que por ejemplo descuidan a sus hijos, los rechazan, los abandonan, denota la custodia sobre dicha labor. Como es posible visualizar, mantener conformes a los vigilantes de las crianzas de niños no es un tema simple, sobre todo porque implica la fiscalización de las mujeres en tanto madres. Tal como expresa Teresa de Lauretis (2000) desde que el género aparece como omnipresente y el análisis que éste promueve ya no se puede volver a la inocencia de la biología o de la naturaleza.

Para pensar el valor concedido al cuerpo de la mujer, se propone hacer referencia sobre un debate actual en estas latitudes: la despenalización del aborto (en Uruguay se despenalizó la interrupción voluntaria del embarazo antes de las doce semanas de gestación). Es de esperarse que en estos asuntos se filtren dogmas religiosos, teorías biologicistas (científico – hegemónico), etc. Tal como dirá Wittig (1978) “no hay nada abstracto en el poder que tienen las ciencias y las teorías, el poder de actuar en forma material y concreta sobre nuestros cuerpos y mentes, aun cuando el discurso que las produce sea abstracto” (p.1).

El cuerpo gestante es el de la mujer, y éste es su propiedad, por lo tanto debe ser quien tenga la última palabra (y la primera)

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