Casi 70 mujeres que estuvieron varias décadas internadas viven solas en la zona sur del conurbano, con el apoyo de un equipo multidisciplinario. Sus historias son trágicas, pero el cariño contribuye a la sanación.

Miriam Lewin
“Libremente” es un centro cultural abierto: más de 20 cursos y una biblioteca hacen que sea una referencia en la zona de Temperley. Pero el grupo que se reúne los últimos martes de cada mes no llega para hacer pilates o estudiar peluquería. Sino al plenario de los trabajadores del Programa de Rehabilitación y Externación Asistida (PREA), del Hospital Esteves, que depende del Ministerio de Salud. Gracias ellos, casi 70 mujeres, de 35 a 86 años, expacientes psiquiátricas, pueden volver a vivir en sociedad y dejar el encierro. “Libremente” es, además, su centro de referencia médico, psicológico y farmacológico.

“Ellas” conviven en 18 casas o departamentos alquilados, en grupos de dos tres o cinco, según las comodidades del lugar. Algunas estuvieron 40 años institucionalizadas. Cuando salen al mundo, no saben manejar dinero (hablan de patacones o australes), viajar en colectivo o tren, y mucho menos hacer un trámite bancario. Para reintegrarse cuentan con el apoyo de un equipo interdisciplinario que incluye enfermeros, psicólogos, psiquiatras, terapistas ocupacionales, acompañantes terapéuticos y comunitarios.

Los acompañantes pueden ir con ellas a comprar un colador, a sacar el DNI, o a visitar a una madre anciana en un geriátrico. En general, las casas tienen una visita semanal del personal del grupo, pero en algunos casos no alcanza. “Es necesario un seguimiento constante, cuerpo a cuerpo, prácticamente guardias”, contó la psiquiatra María Rosa Riva a TN.com.ar.

De ese modo, se han evitado reinternaciones por crisis que se resolvieron en domicilio. “Cuando no hubo otro remedio, tratamos de que sean cortas. Pero las urgencias que tenemos no son en general por cuestiones psiquiátricas. Generalmente son clínicas: tenemos una población que ha ido envejeciendo y que se enferma y muere, como cualquier otra”, explicó.

La dedicación del equipo es completa. No hay horarios o distancia que valgan. “Hay que tener vocación. Muchos de nosotros tenemos familia, hijos chicos. Y de todos modos acudimos a las dos de la mañana si es necesario, desde lejos, para hacernos cargo de situaciones”, agregó la doctora.

-¿Las mujeres tienen un teléfono de urgencias para llamarlos? (Una carcajada unánime atraviesa el salón donde todos están sentados en ronda)

-Si, por supuesto. Algunas nos llaman a cualquier hora, de madrugada. Pero nosotras ya las conocemos y sabemos dónde hay una urgencia real y cuándo es necesario atender, escuchar y calmar ese momento de ansiedad de quien llama porque simplemente no puede dormir o se siente angustiada.

¿Hay conflictos de convivencia, peleas?

-Los conflictos de convivencia no son más graves que los de cualquier familia. Sin embargo, hay que entender que no hay lazos de sangre, que en muchos casos ellas no se eligieron. Y que algunas tienen patologías psiquiátricas que pueden complicar la cosa. Por eso, hay asambleas de convivencia, donde todas las mujeres que comparten una vivienda se juntan con el equipo de apoyo para hablar de los vínculos.

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El rechazo comunitario a este tipo de experiencia es un mito. Un estudio de la Universidad de Lanús indica que a mayor proximidad con las casas del programa hay más integración. Con el barrio y con los vecinos no hay problema. “Nosotros no anunciamos que se van a mudar a una zona determinada. No cortamos una cinta. Actuamos como si se mudara cualquiera, con total normalidad”, dijo a este sitio Mario Woronowski, integrante del grupo.

La certeza de que cada una de las mujeres externadas tiene respaldo y está controlada es tranquilizador. “Se han dado casos en que un vecino llamó al Hospital para avisar que una ‘señora está descompensada’. Pero estas intervenciones se dan desde el cuidado, con preocupación legítima, no como denuncia”, argumentan.

Hay otro factor que facilita la integración. Como las residencias están por lo general en los alrededores del hospital, los empleados que viven en la zona terminan compartiendo edificio o pasillo con las “usuarias”, como las llaman. “Y la relación de afecto se transforma. No se da una relación de poder entre una enfermera y su expaciente, por el contrario”, dice Patricia Esmerado, directora asociada.

Ni bien se instalan, generalmente consiguen trabajo, aunque sea informal. Algunas de ellas le dan de comer al perro del vecino, hacen limpieza o cuidan a un nietito .

La fuerza del cariño

Es un día triste para el equipo del PREA. Una de las usuarias, Marta, tuvo una recaída de un cáncer de mama. Le descubrieron metástasis y hay que decidir si acompañarla en el proceso o internarla en un geriátrico. Tiene 71 años, ha sido una mujer muy bella, cautivante, que nunca renunció al amor. “Salía a la calle con plumas en las chinelas y un tutú y se paraba a esperar, no un colectivo, sino a un determinado colectivero, evocan las profesionales que la atendieron. “Cuando hubo que hacerle una mastectomía, lloramos abrazadas. Nos hizo prometer que íbamos a hacerle una cirugía reparadora”, relata la doctora Riva. Todos se alistan a sostenerla durante la quimioterapia. Internarla es una opción inaceptable.

No son pesimistas. Entre las mujeres hay antecedentes de recuperación, contra todos los pronósticos. Elsa, por ejemplo, tuvo una patología cardíaca y venció el diagnóstico más oscuro. “Renació como una flor con el cariño de sus compañeras y ahora anda a pata suelta por el barrio. Tiene mejor presión que nosotras”, se ríe una de las integrantes del equipo.

Hijos robados

Las historias son duras. Muchos de los dramas están relacionados con la maternidad. Hay casos de incesto, de abuso sexual, de arrebato o apropiación de bebés, de abandono por parte de la familia. Las asistentes sociales tratan de lograr revinculaciones: tienen un don especial para encontrar un hijo perdido o un hermano alejado por distintas circunstancias.

“La enfermedad mental puede llegar a destruir un grupo familiar completo, es muy difícil juzgarlo. La familia debió atravesar situaciones de crisis sin acompañamiento, muchas veces no quiere saber nada, termina agotada”, lamenta la psiquiatra.

Cuando hay posibilidades, se logran visitas o encuentros, por lo menos para las fiestas. Otras, por lo menos las “chicas” saben que sus hijos están bien, aunque no quieran verlas. “Silvita tenía tres hijos chiquitos cuando la internaron. Nunca más volvió a verlos. Cuando pudimos encontrarlos, ellos ya eran padres. Nos lo agradecieron. Recuperaron una madre amorosa y una excelente abuela. Se disfrutaron todo lo que pudieron hasta que ella murió” cuenta.

Trabajar la autoestima de las externadas es una de las cuestiones más difíciles. Por eso, se hacen talleres previos dentro del hospital, explica una le las directoras, la doctora Graciela Esmerado. Hay varios programas, como el Hospital de Noche. Todo apunta a cumplir la Ley de Salud Mental 26.657.

Al principio, las mujeres se presentan como expacientes psiquiátricas. Incluso el domicilio que figura en el documento, el del hospital, en la calle Garibaldi, es un estigma. Puede facilitar conseguir algún beneficio, pero lo real es que cada una ahora tiene su residencia: la dirección de su propia casa.

Dos amigas

Frente a una avenida, rodeada de jardines, la casita de Graciela y Dorita es humilde pero se ve luminosa y alegre a pesar del día ventoso y de lluvia. Por la ventana se asoman una enorme Santa Rita y una ovejera alemana . Las habitaciones son chicas, pero están pintadas de colores vivos.

Son amigas y fueron compañeras de internación. “Un día le dije: ‘voy a comprar facturas y tomamos mate juntas’. Y ahí nos hicimos amigas”, rememora Dorita. Graciela oficia de madre. Las dos tienen un retraso mental leve, por lo que su capacidad de vivir solas, aunque con apoyo, es uno de los mayores logros del programa. “En la casa anterior teníamos un poco de miedo de noche, acá estamos mejor”, aclaran.

Se las arreglan para hacer compras y gestiones bancarias. Graciela, con un indisimulable acento santiagueño, es una excelente cocinera. Da la receta de las empanadas que amasa por encargo y vende en el barrio. “Le dije a Dorita: con lo que cobramos de jubilación no nos alcanza, tenemos que hacer algo. Todas las recetas me las enseñó mi abuela”, remarca. “Dori me avisa cuando me golpean la ventana y me preguntan si tengo para vender. El pan lo vendo a 17, el pan dulce a 18, 50. Me piden de a tres, de a cuatro. Hago chipaco también. Ahora voy a hacer empanadillas, con azúcar quemada y batata”, planifica satisfecha.

En un estante hay un televisor y un reproductor de CD. “Aca estan mis Ci Dis “, muestra Graciela en una caja enorme. Dorita, en cambio, señala orgullosa el portrarretrato con la foto de un hijo adulto en uniforme, el que le arrebataron cuando nació. Cuenta que una de sus sobrinas está buscando “tener familia”.

Y para cada fotografía, pone su mano invariablemente, sobre el hombro de su amiga e inclina la frente, como acercándose.

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