LA RECONFIGURACIÓN DEL MOVIMIENTO A LO LARGO DEL TIEMPO
Crear uno, dos, tres… muchos feminismos

Por Florencia Angilletta*

En este artículo –extraído del libro ¿El futuro es feminista?, de Le Monde diplomatique/Capital intelectual– la autora indaga sobre el espacio político de los feminismos, habitado por consensos y tensiones. Señala que la lucha por los derechos de las mujeres no es lineal ni homogénea, sino cambiante y diversa.

Marcha de mujeres contra la violencia de género, Estambul, Turquía, 29-7-17 (Murad Sezer/Reuters)

LA RECONFIGURACIÓN DEL MOVIMIENTO A LO LARGO DEL TIEMPO
En estos años la palabra feminismo ha pasado de ser un término especializado, por momentos el nombre de la membresía de un selecto club de mujeres, a masificarse hasta ingresar en la currícula educativa, figurar en las constituciones de los países miembros de las Naciones Unidas, convertirse en estrategia de marketing o modular la coreografía sentimental de una primera cita. ¿Cuántas veces al día se escucha o lee feminismo? ¿Acaso en la actualidad es posible vivir completamente al margen del feminismo? La actriz Kristen Stewart, protagonista de la saga Crepúsculo, vestida con la remera “We should all be feminists”. En la estampa de una colección de la marca global H&M, se lee en inglés “El feminismo es la noción radical de que las mujeres son personas”. ¿Ésa es su definición? ¿Todas las mujeres viven una vida mejor que la de su madre?

Existen dos obsesiones. Hay quienes proponen la destrucción de la palabra porque ya no puede representar nada y porque se han conquistado las reivindicaciones que marcaron su origen. Hay quienes la sacralizan porque creen que cualquier lucha de mujeres sólo puede darse sin salirse de ella: dentro del feminismo, todo; fuera del feminismo, nada. También se puede discutir de qué hablamos cuando hablamos de feminismo, sin destruirlo ni sacralizarlo. Nadie conoce a una feminista mejor que otra feminista.

“El hijo no querido de la Ilustración”

El feminismo no existe. Su historia es la de cada feminismo inscripto en un específico momento histórico en el que se piensa el problema de la “mujer” y de su lucha en esas coordenadas. El feminismo también es una caja de resonancias de otros pensamientos que refractan en él, como el marxismo, el psicoanálisis, el poscolonialismo y –en clave local– el peronismo o el republicanismo. ¿Puede una vida feminista, en la era global, compararse con aquella de principios del siglo XX?

Desde luego, las formas de ser feminista han variado. Incluso, en un mismo corte, conviven distintos feminismos que discuten sobre los modos de intervención. Por ejemplo, aquellos que proponen la abolición de la prostitución o los que piden la legalización del trabajo sexual, así como los que reclaman un mayor poder punitivo del Estado contra los crímenes sexuales y los que cuestionan que el punitivismo disminuya los femicidios. Más aun, ninguna vida puede ser feminista en su totalidad, porque lo que cada mujer logra, negocia y cede nunca puede salirse de este paradigma de gestión social. Cualquier vida feminista se inscribe en una paradoja: producir interrupciones y entradas de política feminista que tensionan los flujos de este patriarcado tardío.

Cuando Roland Barthes (1) quiere hacer una historia del teatro de Racine, sugiere que sólo sería posible en tanto historia de las lágrimas de los espectadores de sus obras. La historia del feminismo no se reduce a una cronología: sólo se puede intentar mapear una sucesión de efectos. Una cartografía posible comienza con la previa del feminismo, continúa con sus inicios durante el Iluminismo –el tiempo de la razón y la Revolución Francesa– y se consolida mucho tiempo después. El siglo XX es el siglo del feminismo. Ninguna guerra mundial, ninguna alteración en las formas de producción o incorporación de nuevas tecnologías puede dimensionarse sin incluir los efectos del cambio de las relaciones entre mujeres y varones. Nunca, como en los últimos cien años, las formas de trabajar, amar y tener hijos han atravesado transformaciones tan vertiginosas.

¿Hay feminismo antes del feminismo? Dar por sentado las diferencias entre una mujer y una feminista implica que el feminismo no existe desde que existe la mujer como tal. La distancia entre mujer y feminista es una construcción humanista y móvil: este a priori sólo puede edificarse desde el comienzo del feminismo. Esta primera óptica tensiona de qué modos se diferencian las construcciones de ambos roles. ¿El feminismo sólo existe desde que se cuestionan formalmente las formas de vida entre mujeres y varones? En diversas sociedades antiguas se puede especular con vidas que discuten las posibilidades de su tiempo. Algunas son hitos como las de Cleopatra, Lady Godiva y Sor Juana. Muchas de ellas quizá son feministas antes de que la palabra se formulase. Y aquí se abre otra línea: ¿es posible vivir entonces una vida feminista aunque una no se declare de ese modo o incluso rechace sus reclamos? […]

El feminismo empezó junto con la noción de ciudadanía. Según Amelia Valcárcel en Sexo y filosofía: sobre “mujer” y “poder”, “es el hijo no querido de la Ilustración”. El pensamiento ilustrado implica una mirada racional del mundo y de la vida, una lectura sobre la naturaleza y el orden o progreso posibles. De acuerdo con clásicos como Hobsbawm (2), en esas coordenadas se desencadenaron las revoluciones burguesas. La divisa francesa proclamaba “libertad, igualdad, fraternidad”. Lo que no explicitaba ese eslogan es entre quiénes. […] Al preguntarse por qué las mujeres son las excluidas del contrato social, se advierte que esa exclusión puede ser por inferioridad o por superioridad. […]

La primera exclusión implica considerar que las mujeres no son iguales a los varones, y modular esa diferencia en términos de inferioridad, cuya consecuencia es un tratamiento cívico incompleto: prevalencia del apellido paterno, patria potestad. La segunda exclusión, también frecuente y muchas veces difícil de detectar, consiste en pensar que las mujeres son superiores y que esa diferencia habilita un trato diferencial: la reacción cortesana, los códigos de caballerosidad. […]

La exclusión por superioridad no es menos inocua: ambas operaciones esconden un trato desigual. Una profesora universitaria dice que en el feminismo se trata de abandonar el proyecto del patriarcado en lo que duele y también en lo que gusta. Quizá ésa sea la parte más difícil: reconocer que esas imágenes fuera de toda ley –suprema bondad y maternidad sacrificial– son la otra cara de la desigualdad. Caminar por una calle oscura a la noche y no temer ante la presencia de una mujer con un bebé en brazos también es una construcción, y también es aceptar un manual de género.

La otra distinción de origen es que el feminismo es burgués por definición, y por eso sus características no pueden entenderse sin las revoluciones del siglo XVIII –industrial, estadounidense, francesa–. Para su formación son claves tanto la irrupción subjetiva de la burguesía como sus consecuencias: el imperio del Yo, el deseo de educación y la revisión de la sexualidad feudal. “Constrúyete a ti mismo”, dice el Siglo de las Luces. Los comienzos del feminismo están atravesados, entonces, por la burguesía, el Estado moderno, la democracia y el capitalismo. Decirle a una feminista “burguesa” es, sencillamente, nombrar su origen.

En su génesis liberal, también se encuentra ligado a la democracia. Aquí el eje está centrado en el concepto de igualdad: que las mujeres tengan los mismos derechos. La noción de espacio público, que según Habermas (3) comienza en esa época, alude a un ámbito intermedio entre lo privado, centrado en el hogar, y el Estado, centrado en las instituciones. Esa tierra pública se configura como el lugar del reclamo feminista. Desde esta óptica, se exige al naciente Estado una serie de derechos civiles y políticos, lo que se conoce como la primera generación de derechos. El reclamo concreto es el derecho de las mujeres a votar. La primera gran campaña política del feminismo la realizan las sufragistas desde fines del siglo XIX. […]

El segundo reclamo, unido al anterior, es por los derechos laborales, que también forman parte del ámbito público. Un hito en esta lucha es el Día de la Mujer, celebrado por primera vez en 1909. En 1910, en la Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, se propone como Día Internacional de la Mujer. Un año después, tras una huelga por mejoras laborales en una fábrica textil de Nueva York mueren incendiadas más de 140 trabajadoras. La repercusión de este acontecimiento incide en que el Día de la Mujer se vaya incorporando al calendario de la agenda pública de cada vez más países.

¿Por qué entonces cada año se homenajea el Día de la Mujer y no el Día de la Mujer Trabajadora? Porque desde los feminismos esta distinción es imposible: todas las mujeres trabajan para el capitalismo; hasta la más adinerada que se dedica al cuidado de sí lo hace para contribuir a lo que se espera socialmente de su rol de mujer, esposa o madre. Las mujeres, aunque con importantes diferencias según sector social, siempre participan del “bien ganancial” del matrimonio o –directamente– del PIB nacional.

Nuevas olas

En el pensamiento francés, El segundo sexo, de Simone de Beauvoir. En el estadounidense, La mística de la feminidad, de Betty Friedan. Una conexión euro-angloamericana. El libro de Simone de Beauvoir es leído en Estados Unidos bajo el prisma del de Betty Friedan, que despatologiza la “neurosis del ama de casa inadaptada”. De este modo, el lema beauvoireano “no se nace mujer, se llega a serlo” es la manera europea de nombrar o pensar el concepto estadounidense de género, es decir, su antesala.

Aunque a veces se presten a confusión, feminismo y género no son equivalentes. Feminismo es un concepto del siglo XVIII; género, del siglo XX. Tal como lee Paul Preciado (4), el “pseudosiquiatra” estadounidense John Money –tras los hallazgos de Robert Stoller– inventa el término “género” como diferente de lo hasta entonces entendido por “sexo”. Si para Money es posible “modificar el género de cualquier bebé hasta los dieciocho meses”, esto prueba que masculino y femenino son construcciones culturales. La perspectiva feminista se reapropia de este concepto de género que, desde la medicina, se limita a la intervención quirúrgica para corregir una genitalidad considerada anómala. En cambio, para el feminismo cultural se trata de una noción relacional, posicional e histórica.

Lo que se conoce como feminismo radical es el nombre que adquiere esa avalancha de cambios, productos, geografías y canciones que imprimen los años sesenta y setenta. Estas dos décadas se aglutinan en los libros Política sexual, de Kate Millett, y La dialéctica del sexo, de Shulamith Firestone. Kate Millett escribe una frase que se vuelve bandera: “Lo personal es político”. Con ella, se abre la gran transformación del feminismo: la demanda se extiende del espacio público al privado; lo que pasa puertas adentro, incluso en la cama, también es político.

Desde esta óptica, el feminismo ya no sólo reclama al Estado sino a los varones y, en especial, al esposo concreto de cada feminista. […] El feminismo radical, línea del feminismo cultural, propone nuevas preguntas: ¿de qué se liberan las mujeres cuando se liberan?

Sistema sexo-género, patriarcado y falogocentrismo son tres maneras de nombrar y pensar el dispositivo de gestión social centrado histórica y conceptualmente en los varones. A mediados de los setenta, Gayle Rubin postula en “El tráfico de mujeres: notas sobre la economía política del sexo”, el “sistema de sexo-género” en tanto el “conjunto de disposiciones por el que una sociedad transforma la sexualidad biológica en productos de la actividad humana”. Género no es sinónimo de mujer; es la conceptualización de la relación entre mujeres y varones, entre las distintas identidades sexo-genéricas que conforman una sociedad. El sistema de sexo-género es la manera en la que el feminismo lee la discusión naturaleza-cultura. La diferencia entre biología y sociedad.

Cuando se piensa en feminismos, otro de los términos que siempre aparecen es el de patriarcado, una palabra-comodín que se ha ido cargando de sentidos múltiples y a veces un tanto opuestos. Entre las distintas autoras que han discutido este concepto, una de las clásicas es Carole Pateman, quien aborda el vínculo entre democracia y patriarcado, entre el contrato del Estado y el contrato del sexo. Según esta autora, patriarcado remite al pacto de varones, la fratría; así la democracia no es sólo la distribución de poderes y la aceptación de una mayoría, sino también una forma de distribución de las mujeres: una por varón. Para Pateman, el matrimonio no es tanto un pacto entre mujer y varón, sino un acuerdo entre varones sobre cómo repartírselas. […]

Todas las mujeres, incluso las feministas, están inscriptas en la cultura de un modo masculino. ¿Cómo ser mujer desde una enunciación no oprimida si el lenguaje ya está oprimido? Falogocentrismo, entonces, tiene que ver con la significación cultural del genital masculino –falo– y con el sistema cartesiano –logos–: según Descartes, nacemos de la razón, no de la vagina. Luce Irigaray a principios de los 70 les discute a las feministas no poner de manifiesto qué se entiende por mujer, de qué subjetividad se está hablando. Por ejemplo, la cíclica temporalidad femenina queda obstruida en el tiempo lineal de los varones. Mientras que en el capitalismo ellos pueden producir siempre igual, para ellas la productividad adquiere otra modulación atravesada por los ciclos de la menstruación, el embarazo, la lactancia y la menopausia. […]

Hay un rumor de que hoy se vive en el postfeminismo, aunque ninguna de las autoras actuales se reconozca “post”. En especial, hay dos que oxigenan las disputas entre el feminismo de la igualdad y el de la diferencia: Rosi Braidotti y Judith Butler. Butler retuerce ese esquema tan cómodo de naturaleza-cultura y sexo-género. Cuestiona que la “biología es destino” y propone que el modo de acercarse al sexo también es cultural. No hay un “en sí” de la sexualidad sobre el que la cultura monta y distribuye sus artefactos. Esta autora abre el juego de las identidades travestis y transexuales. […] Butler, con acierto, señala la heteronormatividad de cierto feminismo: ¿da lo mismo ser mujer y desear un varón, que desear a una mujer, que desear a los dos, que desear poco, que desear de a ratos? Así deshace el sistema sexo-género mostrando el carácter cultural del sexo e incluyendo al deseo.

Postfeminismo parece ser el nombre cool de la crisis en torno a que la mujer sea su único y legítimo sujeto. Feminismo ya no es de mujeres para mujeres en tanto mujeres. Esta nueva etapa se caracteriza por aperturas simultáneas. A las ya planteadas, se suman la inclusión de “cis” y “trans” mujeres. Según Preciado, las personas “cis” son las que se identifican con el sexo que les ha sido asignado en su nacimiento, mientras que las “trans” desean una modificación con la ayuda de procedimientos técnicos, performativos o legales. A la vez, surge la teoría queer –en una reapropiación afirmativa del sentido peyorativo de esta palabra–, el feminismo poscolonial o la discusión con el feminismo islámico. […]

Referirse a los feminismos en plural no es un simple cliché lingüístico. Ayuda a mostrarlo como un mosaico de múltiples consensos pero también de tensiones, ambigüedades, o deseos a veces contradictorios y luchas por el poder. Si no incluyera litigios, no podría existir como espacio político. Es falsa esa representación del feminismo como un lugar de total acuerdo y armonía teñido de rosa. ¿Qué pasa entonces con su imagen institucional que se vuelve mainstream?

Las tensiones no suelen visibilizarse en la esfera pública, donde impera algo que puede pensarse como un feminismo institucional, apto para todo público, por su pretensión omniexplicativa. Es decir, una versión lavada y poco problematizada. Este feminismo institucional también construye, por momentos, una normativización de la feminidad que a veces impide leer otras formas de ser mujer y hacer política. Para esta agenda, ¿nunca es válido elegir ser ama de casa y criar a los propios hijos? ¿Se puede optar por no ser madre? ¿Es posible cobrar por sexo?

1. Roland Barthes, Sobre Racine, Siglo Veintiuno, Buenos Aires, 1992.

2. Eric Hobsbawm, Historia del siglo XX: 1914-1991, Crítica, Buenos Aires, 2011.

3. Jürgen Habermas, Historia y crítica de la opinión pública, Gustavo Gili, México, 1981.

4. Paul B. Preciado, Testo yonqui: Sexo, drogas y biopolítica, Paidós, Buenos Aires, 2008.

* Becaria doctoral del CONICET. Autora junto a Mercedes D´Alessandro y Marina Mariasch del libro ¿El futuro es feminista?, Le Monde diplomatique/Capital Intelectual, Buenos Aires, 2017.

© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur

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