David de Ugarte ~ Domingo 2 de Julio de 2017
El comunitarismo indiano

¿Cómo organizar el trabajo para que no sea alienante? ¿Cómo trabajar y vivir sin jefes?

Conjugar la experiencia de 170 años de comunitarismo con las nuevas posibilidades tecnológicas permite
vivir de manera igualitaria y trabajar de forma no alienante. Muchos días tenemos amigos de visita que quieren conocer cómo es la vida cotidiana en las Indias. Hay que reconocer que puede ser desconcertante para ellos. Porque al fin, no hay nada parecido a esa visibilidad espectacular que da a cualquier sistema de organización del trabajo contar con jefes y subordinados, reuniones y comidas de trabajo, rendiciones de cuentas y presentaciones de resultados.

La oficina de las Indias está ocupada por una gran mesa de trabajo en «U». A las ocho llega Manuel, normalmente el más madrugador. Comienza entonces un goteo que, si nadie decide quedarse en casa estudiando o haciendo algo, terminará pasadas las diez y media. Hay días en los que Natalia pregunta a todos para hacer en una de las pizarras un listado de «cosas en marcha y cosas pendientes» y días donde alguien toma los rotuladores para discutir un
proyecto o una idea con los demás. Pero la escena más común es silenciosa. Un silencio ocupado roto de cuando en cuando por alguien que comenta una estadística o una noticia. Sigue una pequeña conversación y vuelve el silencio. En algún momento cerca de las dos alguien preguntará «qué queréis comer hoy» e irá primero a comprar lo que falte y luego a la casa a cocinar. Muchos días se sumará alguno más para hacer de pinche o, si es muy tarde,
para hacer las compras, mientras el otro cocina. Normalmente un grupo subirá al rato para poner la mesa y casi siempre alguien aprovechará hasta el último minuto frente al ordenador intentado apurar para acabar lo que esté haciendo.

Tras la comida, las tardes no son muy diferentes de las mañanas. Trabajamos. Conversamos. Algunos salen para ir al gimnasio, dar un paseo o visitar a alguien. Y cuando acaba el día nos «reencontramos» mientras cada uno se prepara algo de cenar. Hay tardes en las que nos encontramos paseando por el barrio o en las que vamos a comprar a nuestra verdulería favorita y de vuelta tomamos unas cañas. Hay noches de largas conversas en la terraza entre
nosotros o con visitas, noches para ver juntos alguna serie y noches de estar cada uno leyendo o viendo algo por su lado. En general no hay nada parecido a una rutina o un protocolo previsible. Lo que tras un día tan poco informativo resulta aun más desconcertante para el visitante. Así que, al acabar el día su pregunta inevitable es una suerte de «qué ha pasado aquí». O dicho con otras palabras: «¿Cómo organizáis el trabajo?». No como un «procedure» sino como una cultura

En realidad resulta difícil de contar, porque no hay nada parecido a un «procedure». Es más bien un «cuidar de las cosas», una expresión de ese «hay cosas que hacer y gente que las hace» con el que Bruce Sterling describía el metabolismo de las democracias económicas en «Islas en la Red». Podríamos llamarlo cultura. Como toda cultura tiene principios, valores compartidos, rutinas y pequeños momentos significativos. Y como toda cultura, para
entenderla hay que escarbar no tanto en lo que dice de sí misma sino en la economía que ha hace posible y la Historia que la precede.

El trabajo no alienante no se organiza como un «procedure» sino como una cultura

Un poco de Historia y Economía

Desde hace 170 años las comunidades igualitarias experimentan distintas formas de convertir el trabajo en realización personal y colectiva. Desde el principio la línea principal del movimiento intentó fructificar un metabolismo económico que uniera la producción agraria y la industrial. Como expresaba el famoso cuadro de valores de los
icarianos, publicado por primera vez en 1845, el fundamento de una sociedad igualitaria sería una nueva «organización del trabajo» que al poner «las máquinas en beneficio de todos» produciría un «aumento la producción» y de la productividad («mejoras constantes» en el lenguaje de la época).
De este modo el «progreso continuo» llevaría a una economía de la «abundancia» en la que el trabajo y las «artes» llegarían a ser indistinguibles. Y mientras, en el «aquí y ahora», una economía comunitaria así fundada podría ya dar un destello del mundo por venir tomando «de cada uno según sus fortalezas» y distribuyendo «a cada cual según sus
necesidades». El objetivo siempre fue llegar a superar el «trabajo forzado por la escasez». La tarea «aquí y ahora», demostrar que no era una utopía.

Las primeras comunidades icarianas en América, Krinitza en el Mar Negro ruso y posteriormente Degania y sus sucesores en Palestina obtuvieron no pocos éxitos en la línea de progreso que habían imaginado los primeros icarianos en Francia. Contribuyeron al esperado incremento de la producción poniendo a trabajar nuevas tierras y
mejorando cultivos, mejoraron la productividad con invenciones tan revolucionarias como el riego por goteo y fueron los primeros en implantar de forma real la igualdad entre hombres y mujeres en el trabajo y en reducir la jornada de trabajo por debajo de ocho horas.

Todas chocaron indefectiblemente con un problema de fondo: elevar las capacidades -productivas, técnicas y de conocimiento- exigía producir objetos y no solo alimentos, dar el salto a la industria. Pero en aquel momento la escala óptima de producción industrial -y científica- estaba muy por encima del tamaño comunitario. Había que elegir: mantenerse en la agricultura y la pequeña producción para mantener comunidades «íntimas», fraternas, basadas en
relaciones interpersonales (la «kvutza»), o aumentar la escala para poder acceder al siguiente salto tecnológico formando grandes organizaciones y aceptando retroceder a una división del trabajo más acusada (el «kibutz»). No es casualidad que, como relata el historiador Menachem Topel, las tendencias neoliberales que llevaron a la privatización de más de dos tercios de las comunidades igualitarias israelíes se originarán precisamente entre la élite
tecnocrática gestora contratada para organizar esa industrialización que, por el volumen de recursos que implicaba, escapaba necesariamente del control directo de las comunidades que la sostenían.

Lo comunitario y lo igualitario pueden llegar tan lejos como la productividad de la pequeña escala

Pero mientras esto ocurría en el kibutz, el capitalismo vivía un nuevo cambio de fondo. La escala óptima de producción empezó a reducirse al acabar la reconstrucción que siguió a la segunda guerra mundial. A finales de los 70 la sobre-escala de los grandes consorcios industriales empieza a generar distorsiones brutales en los países del
bloque soviético que llevarán al colapso de todo el sistema. Los países occidentales no sufren menos y de hecho podemos entender las políticas definitorias del «neoliberalismo» como una respuesta a la crisis de sobre-escala en dos frentes: aumento del tamaño de los mercados para justificar la macro-escala industrial y justificar inversiones masivas, desregulación y financiarización para dar salidas a la sobre-escala del capital y fomento de la economía
de la información como forma de reducir las ineficiencias de gestión y coordinación que son características de la sobre-escala y que, como mostró el sistema soviético, podían llegar a ser mortales para la estructura de poder.

Paradójicamente el neoliberalismo acabaría agravando los problemas que pretendía resolver: la informática
«personal» en los 80, Internet en los 90 y su producto, la aparición de los primeros elementos de un comunal universal y libre de conocimiento con el software libre, redujeron aun más la escala óptima de producción. Aprovechando la apertura de mercados, nuevos países, especialmente en Asia, transforman su sistema productivo para crear nuevas empresas y productos con un nuevo tipo de cadenas de producción flexibles e intensivas en conocimiento libre y abierto. Fueron capaces de suplir economías de escala con economías de alcance. Es decir,
aprendieron que eran más competitivos usando las nuevas tecnologías para aumentar la diversidad de cosas que producían y cambiar el resultado de la cadena a bajo coste en vez de apostarlo todo a un aumento de la cantidad de capital y trabajo empleados y jugar a la gran escala. Resultado, en la década de los 2000, la escala óptima de producción se acerca en cada vez más ramas de la producción al tamaño comunitario.

Las mismas tendencias que ponen en crisis capitalismo generan abundancia en las comunidades productivas igualitarias

Para las comunidades igualitarias esta reducción de escala significa que se hace asequible producir bienes y servicios de alto valor añadido, multiplicar la productividad e ir un paso más allá en la liberación del trabajo y de la vida. No es que todos tengan que pasar a ser tecnólogos, diseñadores, consultores o desarrolladores de
software. Es que el abanico de cosas que se pueden hacer, ya sea para vender en el mercado o para aportar al procomún, se han multiplicado y al hacerlo, permiten a las economías comunitarias dar un salto de gigante.

Cómo liberar el trabajo

Para liberar el trabajo hay dos claves que debemos entender y tener bien presentes. El trabajo no es otra cosa que la transformación consciente del medio. Y no nos referimos solo a la relación entre la especie humana y la Naturaleza en términos filosóficos. El trabajo no es solo una categoría macro, es eso que hacemos todos los días, esas pequeñas transformaciones que operamos en nuestro medio natural y social. Así que prácticamente todo cuanto hace cualquier persona en su relación con la sociedad, es trabajo. Por supuesto no todo el trabajo es trabajo asalariado o sale al mercado. Ese es el trabajo convertido en mercancía. Pero hay mil formas y momentos que todavía no han sido mercantilizados aunque los bancos de tiempo, muchas redes blockchain y mil formas de «sharing economy» se empeñen en conseguirlo. Cuando cocinamos, cuando limpiamos la casa, cuando cuidamos de un amigo enfermo o cuando enseñamos algo que sabemos a otro, estamos trabajando también porque estamos transformando nuestro entorno. No conviene olvidarlo. Es el primer punto clave.

El segundo es la palabra «consciente». Si el trabajo es «transformación consciente», es conocimiento humano en acción, conocimiento que transforma. Y esa transformación alimenta a su vez el conocimiento disponible. Por eso no existen ni existirán fuera de las novelas de fantasía mundos «steampunk» o edades medias alternativas con tecnologías digitales: el conocimiento y la práctica de la transformación van de la mano, una depende de la otra, no se puede diseñar un ordenador con la ciencia del siglo X. Y una vez más: lo que aplica a la especie es una buena
guía para repensar lo micro, lo cotidiano. La liberación del trabajo, lo que hace consciente su capacidad de transformación más allá de lo inmediato, de lo obvio, es una relación particular con el conocimiento.

¿Cómo liberar el trabajo? Convirtiéndolo en parte de un proceso de aprendizaje, de generación de conocimiento, personal, comunitario y social al mismo tiempo.

El trabajo se libera dentro de un proceso de generación de conocimiento personal, comunitario y social

El trabajo se libera desde lo personal cuando su motor es el disfrute de aprender. Se hace comunitario cuando pasa a aportar al metabolismo común. Se socializa cuando se materializa en bienes y servicios, sean o no mercancías, capaces de servir a otros más allá de nuestro círculo directo. Y alcanza su significado pleno cuando, directa o
indirectamente, se integra al procomún universal bajo la forma de conocimiento o herramientas en dominio público.

La comunidad igualitaria, al estar desmercantilizadas las relaciones, funciona en esa cadena como un metabolismo común de una manera que no funcionaría una empresa o una cooperativa «normal». Porque donde existe mercantilización de las relaciones se cortocircuita el significado de las cosas y se oculta la relación entre el trabajo
concreto y su resultado social. Por ejemplo: si soy un proveedor externo de papelería, limpieza o diseño, podré alegrarme por los resultados y los éxitos de la empresa pero es muy difícil que me sienta parte de ellos, que pueda percibir mi trabajo como parte de algo mayor. Igual pasa con el trabajador asalariado, por definición un proveedor
externo de horas de trabajo al que no en vano hay que estar continuamente «motivando».

No es tan complejo: todos estudiamos porque aprendemos, porque nos gusta, porque disfrutamos de hacerlo guiados solo por nuestra curiosidad y deseo de experimentar. A veces ese conocimiento es socializado en la forma de mercancías cuya venta nos permite comprar lo que necesitamos y no producimos. Otras veces lo descubierto o aprendido se convierte de forma directa en conocimiento, libros o software libre. Otras veces lo que hemos hecho para el mercado incluye el desarrollo de herramientas libres o genera un nuevo conocimiento capaz de hacerlo.

De esa manera cada realización es parte de un único trabajo en común. En parte porque todos hacemos de todo y generalmente aportamos de forma directa algo a cada proyecto. Pero también, aun cuando no es así, porque ser parte de ese metabolismo común que es la comunidad igualitaria nos hace parte de cada resultado. Cada producto de nuestro trabajo colectivo incorpora también ese trabajo no mercantilizado cotidiano que lo hace posible: desde hacer la contabilidad a preparar la comida, compartir lo leído o tender la ropa. La magia de la «organización del trabajo» en una comunidad igualitaria es que es todo el trabajo el que cobra sentido. No es un éxito o un logro concreto lo que otorga significado a los resultados de nuestro trabajo, sino un metabolismo común de conocimiento y
trabajo que da forma a nuestro cotidiano y que vive en cada pequeña cosa, ese sentir que hacemos juntos aun cuando físicamente no estamos juntos.

El metabolismo común de trabajo

Como veis, de momento no hay normas de gestión, no se cuentan horas, no se colocan carteles con turnos. Contar, establecer equivalencias entre lo que cada uno toma y lo que aporta es, a cierto punto, mercantilizarlo. Y va de todo lo contrario. Si una cultura comunitaria es funcional, si no es una idealización abstracta en conflicto permanente con la realidad, pugnando todo el rato para imponerse a ella, no necesita de esas cosas.

Contar horas, hacer tablas de equivalencias, publicar turnos y tareas es mercantilizar innecesariamente

La clave es, simplemente, entender los tipos de trabajo como parte de una responsabilidad única con nosotros mismos y nuestro entorno.

El compromiso con el exterior. Puede ser un producto o servicio que hemos vendido en el mercado o un proyecto, como la «Escuela de Indias» que no pretende generar ingresos. En conjunto es una responsabilidad colectiva pero se divide en trozos, tareas, entre las que cada uno elige. La norma implícita es que no pueden quedar tareas sin
responsables y no podemos saturarnos de tareas sin poner en peligro el resto. El compromiso con el metabolismo común. Tiene una parte fácil -las tareas domésticas- y una parte aburrida que implica reparto de tareas porque también es una responsabilidad colectiva frente al exterior: la contabilidad y los impuestos.El compromiso con uno mismo. Aprender, leer, estudiar, experimentar cosas nuevas, ir a conferencias, hacer algún curso… y compartir lo aprendido transmitiendo lo que nos excitó a los demás. Sin todo esto no hay propuestas, ni experimentos, ni productos nuevos… y todo el metabolismo acabaría cayendo.

Las alarmas

Todo se sostiene sobre la responsabilidad personal. Si cada uno no fuera consciente de su responsabilidad personal tampoco tendría sentido pensar que un sistema de reglas, normas y castigos podría crearlo. Hay sin embargo, pequeñas alarmas, «luces rojas» a las que estar atento… sin mayores dramatismos, prisas, ni necesidad de graves
reuniones. En nuestra experiencia basta con un comentario en la mesa, es lo bueno de que la responsabilidad sea cosa de todos y cada uno.

Los proyectos para clientes suelen parecer más divertidos, más generadores de sentido. Tienen el refuerzo de ver que nuestro conocimiento y nuestro trabajo es útil para un tercero. Son gratificantes y son importantes, pero no podemos ocupar todo el tiempo en ellas. Si alguien se dedicara casi exclusivamente a los clientes o a los proyectos para el comunal, estaría descapitalizándose, limitándose.Las tareas mecánicas producen irremediable y
espontáneamente una cierta especialización. Uno odia hacer la compra de hiper, a otro le divierte como puede diviertirle fregar los sanitarios o como a un tercero le relaja recoger la cocina y darse un rato para pensar con las manos en agua. No pasa nada siempre que la especialización no se haga rígida o aparezca alguien -alguna vez pasó con un aprendiz- que entienda que ciertas cosas que hay que hacer no van con él. La tendencia en esos casos es a dejarlo pasar porque, la verdad, también es liberador tener tareas pequeñas que al ser realizadas nos hacen
sentir bien y no siempre tenemos la generosidad de compartirlas con un recién llegado. El aprendizaje, el estudio, la lectura… es sin duda la base de todo, nuestra verdadera forma de acumulación. Suena desde fuera que es lo más valioso y divertido y que si cargamos los tiempos será en esto. Pero no es así. A fin de cuentas, compite con tareas frente al exterior, que tienen el extra de sentir útil lo que ya sabemos y tareas mecánicas y domésticas que generan una satisfacción inmediata. Además, siempre da pereza salir de la famosa «zona de comfort» y ponerse de cero a aprender algo nuevo.
Por eso las visitas de amigos o gente que está haciendo cosas nuevas es tan importante: manteniendo viva la curiosidad, enfrentándonos a nuevas referencias, el motor del metabolismo colectivo se anima y rejuvenece.

Conclusiones

Hemos tenido la suerte de vivir en un tiempo en el que la reducción de las escalas productivas ha puesto a nuestro alcance una forma de vida y trabajo que es confortable y liberadora. La clave es entender el momento histórico, las oportunidades de la tecnología… pero también qué es el trabajo, qué significa cuando le quitamos los filtros de la
mercantilización dentro de una comunidad igualitaria.

No se trata ni de «volvernos tecnólogos» ni de pensar que vamos a alcanzar el «no va más», un modelo social sin conflictos ni problemas humanos. Lejos de eso, tenemos algo mucho más modesto y precario: una cultura y una ética del trabajo que quiere ser liberadora personal y colectivamente. La buena noticia es que funciona. Pero no es el punto
de destino de ningún viaje, el mundo sigue aquí y al final cambiar el pedazo que nos es más cercano solo tiene utilidad general si sirve para transformarlo.

La buena noticia del comunitarismo es que funciona, la «mala» que el mundo sigue ahí y debemos transformarlo también

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