Autonomía e independencia

Autonomía (del griego auto, “uno mismo”, y nomos, “norma”) es un concepto moderno, procedente de la filosofía y, más recientemente, de la psicología, que, en términos generales, expresa la capacidad para darse reglas a uno mismo o tomar decisiones sin intervención ni influencia externa. Se opone a heteronomía.

La autonomía en el ámbito filosófico se integra entre las disciplinas que estudian la conducta humana (ética), mientras que en el ámbito de la psicología cobra especial importancia en el estudio de la psicología evolutiva.

La independencia es la formación o la restauración de un país inmediatamente después de la separación de otro del que solo formaba una parte. La independencia se distingue de la autonomía. La autonomía es un régimen de descentralización del poder, en el cual, ciertos territorios o comunidades integrantes de un país gozan de algunas facultades ejecutivas, legislativas y judiciales, en ciertas materias o competencias, que quedan así fuera del alcance del gobierno central. (Tomado de wikipedia.org)

Llevo muchos años de terapeuta y muchos también de trabajar con mujeres que trabajan. Muchos años de diván y de grupos. La psicóloga clínica que en los primeros años de su profesión habló de madre buena y madre mala, de histerias femeninas y neurosis obsesivas (sobre todo en varones), de personalidades narcisísticas, de psicopatías y perversiones.

Siempre con muchas pacientes mujeres que son las que acuden preferentemente a los consultorios (como en gran parte de los servicios de salud, educación y estudios).
Hasta que la mirada fue cambiando y se amplió de lo individual exclusivo a los entornos familiares y sus historias fascinantes. Toda familia es un intrincado mundo de silencios, deformaciones, ocultamientos, alianzas y transformaciones. Las mujeres generalmente son las encargadas de sostener los nudos del amor y también responsables de muchas más cosas que no se dicen pero se exigen velar: la concordia familiar, los cerrojos a los secretos, el crecimiento de los hijos, las amas de las casas, el cuidado de los otros, siempre.

La salida de ese mundo, la salida al afuera, resulta un desafío, la independencia requiere independencia económica que despega de los mandatos y lo íntimo cerrado para ser traducido en soberanía propia.
Hubo cambios claro, mayor conciencia de derechos, la apertura de ideas y creencias, mandatos que se descubrieron y desmantelaron. Voces distintas, imaginarios nuevos, identificación de territorios con los que se van creando reconocimientos, las otras minorías que corren la misma suerte de desigualdades y estigmatizaciones (diferencias étnicas, elecciones sexuales, niños, jóvenes, aborígenes, negrxs, pobres e indigentes).

Sin embargo, sin embargo… estas épicas gloriosas siguen costando. Cada vez que no se escucha a las mujeres, cada vez que se persigue al diferente, cada vez que el patriarcado asume la patria potestad sobre terrenos validados por el poder de mandar y legislar.

Las mujeres lloran, sufren, acomodan sus deseos, pacifican al apresor, piden permisos, convencen con el aquietamiento o las malas que denuncian, pelean, gritan, llaman a resistir, hacen lo que quieren.
El opresor puede ser la sala del hospital, el juzgado, la comisaría, el sistema de leyes, el compañero que no pregunta y desconoce si ella gana menos y trabaja más. La escuela que acusa a la madre que no viene o que desatiende, el médico que le hace cargos, lxs vecinxs que critican su forma de vestir, el jefe que la despide si falta por una enfermedad en la familia, el sistema todo que apunta hacia su responsabilidad, su responsabilidad única. A nadie le importa si el padre no viene, si no concurre a las escuelas, si no paga cuota de alimentos, si tiene otra familia, si se ha borrado, si no aparece por la casa de algun familiar, si abusa, si pega, si mata.

En la consulta y en la intimidad, las mujeres sufren. No saben cómo llegar a un acuerdo consigo mismas, no traicionarse, no pactar con los mandatos de siglos y responderse por sus propios deseos y sueños (en el mejor de los casos que los conozcan porque de otro modo también tendrán que descubrirlos).

La independencia va de la mano de lo económico. Siempre. No existe autonomía sin capacidad de trabajo remunerado sea a través de una profesión, empleo formal o informal, emprendimiento o empresa. Este aspecto marca la diferencia para tomar decisiones propias. Quienes no accedan a sus propios ingresos y manejo de recursos, es muy improbable que puedan elegir con cierta libertad por su bienestar. De ahí la importancia que tiene.
Muchas de las dificultades para elegir un camino distinto, una separación o divorcio, elección de una carrera o estudio, cambio de actividad, tienen que ver con la realidad de no disponer de recursos por el motivo que sea: sujeción a una pareja que marca territorio con la billetera, padres que se niegan al crecimiento de sus hijxs, delegación de manejo financiero en otro. Culpa, conflicto, miedo a salir del marco establecido por el patriarcado.
Las nuevas generaciones lo tienen más claro. Menos prejuicios, más iniciativas autónomas, elecciones de estudios en ámbitos antes cerrados y exclusivos, participación en las políticas públicas, luchas por igualdad remunerativa para iguales puestos de trabajo.

Pero los mandatos culturales tienen muchos rostros. Muchas formas de aparecer. Forman parte del inconsciente, de aquello que nos constituye como sociedad y se trata de un constante esfuerzo por descubrirlos, desmantelarlos. Pero tener economía propia, es la vía privilegiada para poder tomar decisiones y acceder a cierto grado de libertad. Siempre.

Inés Arribillaga

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *