Son el sostén amoroso y cómplice sin el cual muchas estaríamos perdidas en el desierto. Son capaces de llenar el pecho de alegría o de ternura infinita porque siempre están ahí, para festejar la vida, endulzar los duelos o arrinconar las decepciones y las fatigas hasta pulverizarlas.

Las amigas, esa necesidad básica y fundamental para el buen vivir de todas, no reemplazan necesariamente otros vínculos ni vienen a suturar ausencias, pero significan una de las formas ideales del amor. Porque están, así, sin más, sin condicionamientos ni medias tintas, aceptando lo que venga, reinas gozosas y con ovarios, con una fuerza que se potencia en cada encuentro, en cada abrazo. Por Laura Rosso y Alejandra Varela

Las mujeres podemos construir realidades nuevas según los modos en que enlazamos nuestros afectos. Por eso, lo que hacemos con nuestras vidas tiene un valor político y la manera en que decidimos vincularnos construye un lenguaje que supera la intimidad y comienza a cuestionar lo establecido. En ese ir y venir, nuestras amigas están, dan marco a nuestro cotidiano. Intimidades contemporáneas que se integran a un plan de acción más allá de la familia, parejas y encuentros fortuitos. Mantener esas alianzas que se tejen entre amigas resulta tan imprescindible como el mismo oxigeno que necesitamos para respirar. Las amigas son compañeras de ruta y son, muchas veces, quienes más entienden de nosotras mismas. Están presentes al inicio y al final de cada camino. Sin necesidad de oficializar nada, la amistad germina, brota, se impone. No suele haber presentaciones de primera vez, es la piel que se comparte y que si se lastima duele como si fuera propia. Amigas del trabajo, del barrio, de la escuela, de historias que sellan a fuego esa amistad y por eso seguimos juntas. Amigas de viajes, de estudios y recorridos diversos, amigas que acompañan en salas de espera aliviando angustias, aguardando alegrías, compartiendo ropa, recetas, plazas, masajes en el cuello y secretos. La amistad entre mujeres es una base tan fundamental en nuestras vidas que hay que subrayar la importancia que tiene. Nos da apoyo emocional, intelectual y estabilidad. Esa que nos ayuda a rearmarnos cuando todo es un tembladeral. Reconocerse en la experiencia de la amistad y en las voces de nuestras amigas nos fortalece y nos prepara para ser mejores y estar dispuestas a las múltiples y variadas formas del amor. Como el amor de la amistad.

Efecto estructurante

Las mujeres pasamos mucho tiempo en compañía de otras mujeres y si son amigas las posibilidades de crear, lograr lo que queremos, construir y enlazar comunidades aparecen como espacios de fortaleza y disfrute. La amistad entre mujeres tiene efecto estructurante. Y ese poder irradia a otras capas de la vida, va directo a la poción que sana heridas. Es un espacio que vale por sí mismo. No actúa, necesariamente, como reemplazo de otros vínculos ni viene a suturar otras ausencias. Es, claramente, una de las formas del amor. “La mujeres construimos nuestras vidas alrededor de la amistad, que siempre existió pero que fue ninguneada. O estaba invisibilizada. Como que tener amigas mujeres no era nada, pero hoy nosotras podemos apropiarnos de eso”, dice Sonia Gold, psicóloga. Y agrega: “La fortaleza de esos vínculos comienza ahora a tener un lugar central. Somos porque tenemos esta red de amistades y lo que somos nos constituye desde un lugar político”. La socióloga María Pía López dice: “La amistad es complicidad, red de apoyo mutuo, armado común, ambivalencia, tensión, festejo, política. Hay políticas de la amistad y amistades políticas, es decir afectos que están en el sustrato de un modo de intervención en la vida pública y de sistemas de alianzas y defensas. Si hoy el gobierno tiene el signo mayúsculo del CEO –es decir obediencia al mando general, disciplinamiento hacia abajo–, lo mejor que tuvieron los años anteriores es cultivar zonas de horizontalidad amistosa, de confianza surgida de una trama de reconocimientos mutuos”.

Por su parte, Malvina Silba, investigadora del Conicet y docente del Departamento de Sociología de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Mar del Plata, suma: “Confieso que aprendí mucho de mis amigas, de las que estuvieron desde el principio y de las que se fueron sumando. No somos un grupo homogéneo ni mucho menos, más bien tratamos de hacernos cargo de la forma de pensar, de actuar, de escribir y de enfrentar la vida, de las contradicciones que nos atraviesan todo el tiempo. Esas mismas que te dejan impávida y desprotegida cuando perdés una beca y no sabés qué mierda vas a hacer de tu vida en los próximos meses; o aquellas otras que te exponen con las tetas al aire durante meses cuando decidís ser madre, mamá, mami, vaca lechera, hembra con las hormonas revolucionadas, mujer, amante, amiga, escucha, comprensiva y amorosa.”

La palabra, ese bien tan preciado

La amistad tiene la forma de lo indispensable. La política que surge en esas alianzas entre mujeres entiende la singularidad y la suma a la totalidad para otorgarle más complejidad. Desafía la idea del amontonamiento humano como número para integrarse a historias que instalan nuevos lenguajes. Y en ese sentido, ¿qué pasa con el lenguaje en las reuniones entre amigas? Virginia Giacosa, periodista rosarina, identifica una práctica tan antigua como el diálogo entre mujeres como un arma política salvadora. Rescata: “Siempre están mediados por la palabra, por lo discursivo, por el relato, por la oralidad. Las abuelas tenían en sus hermanas o primas estas cuestiones de amistad. Irte a la casa de la vecina a charlar era perder el tiempo. No me imagino cómo sería sin amigas. Pienso desde la adolescencia para acá: compartir el primer cigarrillo, la primera menstruación, acompañar o bancar en el primer aborto a alguna amiga del grupo. Luego compatibilizar trabajos, viajes, vacaciones, maternidades. Hay una red que se arma. Las que tenemos hijxs y las que no pero que están disponibles para el vínculo de tiazgo. Una tribu que sostiene y sirve de trama. Complicidades y hermandades.”

María Pía recuerda que alguna vez Pedro Lemebel escribió un elogio del otoño: “La caída de las hojas permitía que las vecinas excusaran sus salidas cotidianas a barrer y charletear mientras tanto. Habla cotidiana, pasada en parte hoy a los teléfonos, al wasap, a los chats, que permiten que el cotilleo persista y las amistades encuentren un alivio en el modo en que se despliegan. Tengo varios grupos de chat que son sólo de chicas. A veces, estoy hablando de lo mismo en cada chat, pero permiten la ubicuidad de lo virtual, entonces la tertulia del entre nos es sustituida por una suerte de enlaces entre conjunto. Modos de la amistad contemporánea, que se superponen con otros, no antagónicos. Un chat político puede devenir en ciertos momentos contención y ayuda y a la inversa un grupo surgido de afinidades afectivas convertirse en ciertas coyunturas en ámbito de agitación y propaganda.”

La palabra implica salir de lo íntimo para pensar lo personal en una trama que involucra factores sociales. Como la maternidad colectiva que hoy tiene una significación política y quienes se encuentran allí las convierten en un recurso de intervención y en el descubrimiento de capacidades que se comparten. Malvina cuenta que hace varios años hizo un trabajo de campo en un barrio “pesado” del conurbano. Luego de ese trabajo se hizo amiga de su compañera. “Estar con mi amiga nos daba seguridad mutua. Transcurrimos ese tiempo a la par, sintiéndonos atravesadas, interpeladas por una realidad social cruel, dura, difícil de cambiar a primera vista. Nos fuimos angustiadas casi todos los días, conmovidas ante el dolor y la desesperanza. En ese contexto conocimos a Sonia que organizaba un comedor infanto-juvenil, que hacía las veces de espacio de aprendizaje, contención y refugio. Y, sin duda, quienes se llevaban la peor parte eran los varones: muertos ante los excesos de la fuerza policial, víctimas más tenaces del abuso de drogas y de las diversas formas de violencia. En un momento Sonia nos miró y nos dijo: ‘¿Saben por qué las chicas se salvan? Porque hablan, porque cuentan sus problemas, las cosas que les pasan desde chiquitas’. La miramos y tomamos nota mental de esa frase. Esa capacidad de hablar y de escuchar a las otras nos constituye como mujeres, nos habilita a legitimar el espacio de la amistad femenina como espacio de construcción colectiva. Nuestra relación con la palabra, con no temerle a comunicar nuestros sentimientos, hace que procesar el dolor, la angustia, los miedos sea más soportable. Las enseñanzas circulan, giran a nuestro alrededor, nos inspiran, nos secundan y fomentan vínculos horizontales, más solidarios, más productivos. No temerle a la palabra es en sí mismo un valor que deberíamos defender y fomentar.” Cuando la amistad entre mujeres muta en militancia, o los vínculos actúan como fuerzas transformadoras de lo social, ocurren estas experiencias que aniquilan el individualismo, y que piensan a la otra como una integrante imprescindible.

La risa, otro de nuestros bienes

Hay una escena que Virginia presenció hace poco: En un bar, una mesa de mujeres que se habían juntado a festejar algo. Al lado, un hombre en una mesa solo, esperando a alguien. Empezó a criticarlas por como hablaban, por el perfume que tenían, porque se reían. Había algo que le molestaba mucho. La risa, ¿tal vez? ¿El humor, la confianza, el poder estar ahí donde la otra pide? Esos encuentros permiten la construcción de un universo compartido y subrayan lo valioso que es juntarnos y disparar deseos como bengalas sin destino. Escucharnos despierta la empatía. Surge una sensibilidad que en épocas de individualismo es necesario ejercitar. Porque no nos pensamos como rivales. Socavar el machismo también implica construir nuevos modos de relacionarnos. “Nos ponemos en el lugar de la otra, mujer, amiga, madre, profesional, esposa, amante, cocinera, hembra sensual y sexuada haciéndose cargo de su propio deseo o desviándolo hacia un lugar que no incomode hasta ver qué se puede hacer con él –se entusiasma Malvina–. No nos juzgarnos. Hablamos de nuestras necesidades, nos reírnos abrazadas frente a un Campari, o devoramos el ceviche peruano con la misma rapidez que resumimos los temas centrales que debemos tratar sí o sí esa noche aunque sea en simultáneo.”

La amistad es un territorio de tensión entre intensidades. Allí cada individualidad se sostiene en la escucha pero también en el empecinamiento en una idea que se defiende y se inunda con la voz de la otra. Las amigas podemos llevar una discusión al límite sin que eso implique una ruptura porque los afectos no son mansos ni buscan desdibujar el tono de cada una. Se trata de pensarnos desde un lugar diferente, no para eliminar experiencias, sino para reinventar los vínculos. Las mujeres que decidimos vivir nuestras vidas entre amigas estamos construyendo otro mecanismo de legitimación de nuestras experiencias: la que le da a la amistad un valor que descubre sus potencias, sus capacidades y que ayuda a salir del círculo cerrado de la familia.

Encarnar lo impensado

En relación a la amistad entre mujeres y el patriarcado, Sonia sostiene: “Este lugar de sororidad y encuentro entre mujeres fue, desde siempre, bastante bastardeado porque la mujer tenía que competir con otra mujer para conseguir el bien preciado que era el hombre con el cual casarse, y que hasta hace no muchos años te deba un apellido y un lugar social. Probablemente hoy nadie va a decir ‘no hiciste nada en la vida porque no te casaste’. Sin embargo, cuando presentaron a Carmen Argibay como integrante de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, uno de los argumentos de las ONGs que se oponían era que ella era soltera y no representaba a la mayoría de las mujeres. Decir soltera es decir ser lesbiana, muchas veces como un desmérito.” Una definición que implica esquemas de vida predecibles.

¿Por qué es importante, en definitiva, el espacio de la amistad femenina así planteado? Malvina: “No solo porque refuerza el descrédito a las afirmaciones prejuiciosas, machistas y del sentido común que suelen sentenciar que ‘muchas mujeres juntas son solo para quilombo’. Sin duda que aflora el enojo y nos hace enfrentarnos a los propios fantasmas y miserias. También nos peleamos una y mil veces, podemos distanciarnos y acercarnos de nuevo, perdonarnos o refugiarnos en el orgullo estéril”.

Tomar la palabra significa para las mujeres adentrarse en la vida pública. Autorizar el habla como un recurso que nos posiciona como autoras de nuestra realidad. Se trata de una conquista que, históricamente, se ensayó en el diálogo entre amigas.

En la amistad entre mujeres siempre habita la posibilidad de que la palabra se traduzca en solidaridad, porque del modo en que la otra nos brinda algo de su fortaleza y su alegría, también se aprende.

Sonia agrega: “A veces hay mandatos en la amistad, la tersura y el no conflicto, por ejemplo, pero la amistad no es un territorio sin disputas. Parece que no podría haber conflicto y en la amistad hay disputas de todo tipo, eso es algo que hay que explorar. La amistad no es un territorio sin conflicto. Yo he tenido encontronazos con amigas, y no hay que tenerle miedo a eso. Me pregunto si no estará marcado por el mandato de lo dócil.” Y Malvina concluye: “Todo esto no inhabilita el potencial de un montón de mujeres juntas haciendo cosas maravillosas, desde la práctica en apariencia más banal, hasta la actividad más legítima. Porque si es verdad que lo personal es político y que en la vida cotidiana se dan luchas de poder y de sentido que nos posicionan de formas determinadas, transitar esos espacios y dar esas batallas acompañadas de un buen grupo de amigas es el pequeño gran primer paso hacia una forma más sensible y más humana de mirar el mundo y de reconocernos en él.”

Link de la nota

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *