El asociativismo es una estrategia de supervivencia de la especie humana, especialmente valorada por las mujeres, quienes desde la antigüedad se reunían para realizar diversas tareas de manera mancomunada. Históricamente, todas las transformaciones en el plano económico se acompañaron de hondas mutaciones socioculturales y viceversa. A partir del Renacimiento se consolidó un proceso de centralización e individuación que tuvo como objetivo la implantación definitiva de la cultura moderna y el modo de producción capitalista. Y en este sentido, uno de los dispositivos políticos claves operó sobre la destrucción de una cultura pluralista, horizontal y, fundamentalmente, comunitaria y asociativa, donde las mujeres ocupaban un lugar preponderante.
Emprender para llenar la olla
Más cercana en el tiempo, una segunda transformación social sucedió con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial, cuando las mujeres se incorporaron masivamente al mercado laboral. En nuestro país, este proceso se agudizó como consecuencia de las sucesivas crisis económicas del año 1989 en adelante, con sus picos más álgidos entre los años 1999 y 2001. Si bien esta incorporación fue el resultado de un correlato de arduas conquistas en el plano de los derechos, con el aumento de la precarización laboral masculina, muchas mujeres se vieron obligadas a salir a trabajar más por cuestiones económicas que por un objetivo de realización personal, aunque sin resignar los espacios domésticos. Pero como el mercado laboral es estrecho y en muchos casos incompatible y hasta hostil a las tareas cotidianas, una salida recurrente fue el autoempleo. Se sumaron entonces a las históricas empleadas domésticas y costureras, las revendedoras de productos cosméticos y de ollas y sartenes, quienes preparaban viandas, pan casero, prepizzas o empanadas. Algunas incluso se animaban a oficios considerados habitualmente masculinos como la carpintería o la albañilería. Estas ocupaciones “informales”, consideradas menores, si bien no son exclusivas de las mujeres, son éstas quienes las llevan a cabo con más frecuencia.
Existe una serie de ventajas en este punto: no sólo se recuperan los saberes populares ya adquiridos culturalmente y en vísperas de extinción (como saber cocinar y coser) sino que ofrecen la posibilidad de organizar el tiempo escaso y trabajar en el emprendimiento en simultáneo con la realización de algunas de las tareas de la casa y el cuidado de los niños. Desde una lógica capitalista, este trabajo está invisibilizado, pero repercute de manera directa en la economía familiar. Generar conciencia del impacto real de estas tareas es el primer paso hacia la transformación de estos emprendimientos como verdaderas estrategias económicas.
Recuperar la cultura del trabajo colectivo
Lo que sucede hoy en día es que estas actividades no tienen la formalidad suficiente como para generar ingresos equivalentes o superiores a lo estipulado por el salario mínimo vital y móvil, como así tampoco para lograr un impacto económico local significativo. Individuales y aislados, estos emprendimientos corren el riesgo de permanecer en un nivel de subsistencia. A escalas pequeñas, el trabajo en soledad es un problema. Porque si bien en el imaginario capitalista el crecimiento es consecuencia de la acumulación individual, en una economía más justa el crecimiento es resultado de la articulación de lo pequeño. El desafío entonces está en generar articulaciones y, por sobre todas las cosas, en la construcción de un horizonte común.
En el imaginario capitalista, el crecimiento es consecuencia de la acumulación individual, sin embargo, en una economía más justa el crecimiento es resultado de la articulación y el trabajo comunitario.
Muchas cosas podemos hacer con miras al asociativismo. El ideal, tal vez, sea la conformación de una cooperativa, pero se pueden dar otros pasos anteriores: hacer compras colectivas, armar en conjunto un catálogo de productos, encadenar emprendimientos productivos, publicitar en conjunto, son algunas de las pequeñas acciones que se pueden implementar para que los emprendimientos se fortalezcan. Incluso, a la hora de producir a escala, puede ser positivo el asociarse con otros emprendedores para alcanzar volúmenes de producción más importantes.
En esta línea procura trabajar la Dirección de Economía Social (perteneciente a la recién creada Subsecretaría de Gestión Ciudadana de la Municipalidad de Neuquén), a través del Programa de Comercialización y Promoción de la Economía Social: fortaleciendo los pequeños emprendimientos productivos, en su mayoría realizados por mujeres. El objetivo es empezar a contactar a las y los emprendedores, definir líneas de trabajo en común, promover acciones colectivas más que individuales, que permitan romper con la idea, tan instalada, de que es mejor trabajar solo y aislado. A su vez, este Programa apunta a trabajar en los dos “talones de Aquiles” de los emprendimientos: la administración y la comercialización. El trabajo solitario tiene un “techo” bajo, especialmente para nuestros emprendedores de los sectores más vulnerables. Sin capital, sin posibilidades de financiamiento, sin herramientas concretas de registro y administración, nuestros emprendedores se encuentran en mayor desventaja aún. Resulta necesario, entonces, desarticular viejos aprendizajes y volver a aprender el trabajo asociado. Deconstruir las teorías modernas que valoran sólo el trabajo individual y recuperar las prácticas ancestrales del trabajo colectivo, que es reconocer nuestra esencia más profunda. Asociar, articular, sumar, enredar, tejer, juntar, unir, son los desafíos.
Por María Alba Fernández Pane, economiasocial@muninqn.gov.ar
Programa de Comercialización y Promoción de la Economía Social de Neuquén
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Saber Cómo Nº 88 | Mayo de 2010